Chiloé | Jugando a las escondidas

Chiloé
Jugando a las escondidas

Para conocer el Chiloé más impresionante, más puro y lleno de belleza oculta, hay que salirse de la Carretera Panamericana, que cruza la Isla Grande de Norte a Sur. Decidimos avanzar por otros caminos, y a ratos no nos salía el habla. En una fuga de tres días descubrimos un Chiloé impresionante, que se niega a perder el alma.

Por décadas he estado corriendo en Chiloé –tierra de mis antepasados de siglos– usando un camino equivocado: la Carretera Panamericana. Después de una decena de viajes de Norte a Sur por la bien pavimentada ruta, sólo saliéndome a ratos para ir a Dalcahue-Curaco de Vélez, a Tantauco, o para hacer algún breve viaje a una isla enfiestada, sólo ahora he descubierto que este archipiélago juega a las escondidas. Algún brujo, de los muchos que tiene, parece que le ayuda a ocultar sus tesoros, quizá con qué propósitos. Ahora estoy viendo el pueblo de San Juan, desde la altura, con la boca abierta. Es un espectáculo magnífico, el Chiloé más real y desconocido, absolutamente perfecto si no fuera por las salmoneras que ensucian las aguas. Es uno más de los muchos lugares que ni siquiera había imaginado. Mirando San Juan me explico que la National Geographic, en su revista Traveler, pusiera a Chiloé entre las tres o cuatro islas más dignas de conocerse en todo el mundo. He llegado hasta aquí gracias a los arquitectos Edward Rojas y Jorge Lobos, dos de los principales protagonistas de un esfuerzo regional por lograr que la UNESCO declarara que 16 de sus iglesias son Patrimonio de la Humanidad. Para eso, visitaron unos 150 templos y otras tantas islas, aldeas y ciudades. Siguiendo sus consejos, renuncié a la Carretera Panamericana para tomar otros caminos, por la costa o cerca de ella, y llegar a pueblos varados en la orilla de la Isla Grande o en varios grupos de islas muy cercanas. En la mayor parte de los casos, me ha bastado tomar un trasbordador por pocos minutos para sumergirme en el reino de las supersticiones, de pueblos que parecen vivir a fines del siglo XIX, con iglesias, huertos, casas y cementerios inesperados, llenos de vida, y pueblos unidos por buenos caminos. A ratos, los caminos se ven pesados, pero se hacen livianos frente a tanta sorpresa y placer. 

Una invitación a descubrir

Este texto está pensado para que los lectores que viajen a Chiloé, en cualquier época del año, no cometan los errores que este cronista de viajes repitiera sin cesar. Una guía mínima que permite hacer camino hacia un Chiloé bellísimo, emocionante. Hemos optado por ahorrarnos descripciones y publicar sólo algunas fotos, a modo de anzuelo. Queremos permitir que un velo cubra lo demás, y así dejar intacta la posibilidad del descubrimiento, que es el mejor premio al buen viajero.  

El visitante comprobará que Chiloé fue por siglos una sociedad rural. Las que hoy son ciudades en forma –Castro, Ancud y otras–, apenas revivían en días de fiestas, porque durante todo el año los chilotes habitaban en el campo o en pequeños pueblos, estilo de vida que hizo fácil el mestizaje de los españoles con los huilliches, y antes, de los huilliches con los onas, hoy sumidos en la sociedad isleña hasta hacerse invisibles.

Ese Chiloé rural es el que podrá descubrirse mejor con esta guía mínima. Conocer sus capillas y casas mestizas, donde está la huella de los jesuitas, y luego de los franciscanos. Ellos les enseñaron a trabajar la madera y a construir, y no quisieron borrar sus creencias ancestrales y sus costumbres, sino sumarlas a las que ellos traían. Por eso, el cacique huilliche era normalmente el “fiscal”, encargado de proteger la capilla rural hasta que volvieran, un año después, los religiosos con sus imágenes vestidas o pintadas, a recorrer el pueblo en medio del amor y el temor de las gentes. Ahora muchos  fiscales han sido reemplazados por fiscalas, que suelen vivir lejos de la capilla, y no siempre están para mostrar los templos al turista. No importa. La visita será siempre un regalo.

Muchos de los templos, muy grandes para tan poca población, se hacen pequeños en días de fiesta, cuando la gente del campo o de otros pueblos o islas llega con sus intensos ruegos y sus ofrendas.

Circuitos recomendados

La ciudad de Castro, en medio de la Isla Grande, puede ser el mejor centro de operaciones para hacer las tres rutas que sugerimos aquí. Dispone de distintos niveles de servicios, hotelería y turismo, y está cerca de todas ellas.

1. Ruta Dalcahue-Quemchi

La ciudad costera de Dalcahue, 19 kilómetros al Norte de Castro, es el lugar de partida para la ruta que lleva a San Juan y a los otros lugares de costa que deberíamos visitar, camino a Quemchi. La ruta, que sale desde Dalcahue, no va a orilla de mar, sino tierra adentro, paralela a la costa, y a distancia variable de ella. Por esa razón, para visitar los pueblos que señalamos a continuación es inevitable, cada vez, salirse de esa ruta, visitar un pueblo, volver a la ruta, y retomar el camino a Quemchi. Y repetir el ida y vuelta en cada lugar. Las distancias son normalmente cortas y existe suficiente señalización. No se recomienda usar caminos entre algunos de estos pueblos, salvo que viajemos en vehículos 4×4, y previa consulta sobre el estado de esa ruta. Lo seguro es volver siempre a la ruta principal que une Dalcahue con Quemchi.

Los pueblos que debería visitar están en el siguiente orden:  a) San Juan, cruce en km 25; b) Calén, en el mismo cruce anterior, con bifurcación casi al final de ese desvío antes de llegar a San Juan; c) Tenaún; d).Mechuque, isla en archipiélago de las Chauques, con opción de navegación privada desde Tenáun, y tours que salen desde Castro; único pueblo con palafitos  y cruzada por un hermoso canal. Rodeada de hermosos canales interiores y frente a isla Añihué. e) Colo o San Antonio de Colo, el único que no está a orilla de mar; f) Quicaví, entrando en el mismo cruce de Colo; famosa por sus historias de brujos desde la Colonia; al lado está  g) Huechuque. h) Aucar, el cementerio más bello de Chiloé, 4 km antes de Quemchi, en una islita huilliche unida a tierra por una deslumbrante pasarela de 500 metros de largo. La isla Aucar se ve desde Quemchi, final natural de esta ruta.  

2. Isla de Lemuy.

Quizá la isla más interesante de todo el archipiélago chilote después de Quinchao. Al lado de Chonchi, ciudad a 23 km al Sur de Castro, se encuentra embarcadero desde donde sale trasbordador que en minutos deja al viajero en el caserío-embarcadero de Chilcuy, en la isla Lemuy. Por buenos caminos puede visitar pueblos interesantes por sus iglesias, cementerios y vida campesina tradicional. Haga este recorrido: Ichuac; Puqueldón, ciudad mayor;  Aldachildo; Puchilco y Detif. Este pueblo esel más alejado e interesante; se llega por un camino que se estrecha tanto que avanzaremos  entre dos aguas; sus habitantes son en su mayoría huilliches. De regreso, debemos entrar  al centro de la isla hasta la aldea de San Agustín. Su cementerio tiene tumbas hechas como casitas chilotas de tejuelas. Al lado de Chonchi –punto de partida y llegada de esta ruta–, en el camino a Castro, a 2 kilómetros de la Panamericana, se encuentra la iglesia de Vilupulli, la más alta de todas y con bellas líneas. Al entrar a Castro, visitar la iglesia y cementerio de  Nercón, Patrimonio de la Humanidad, como la anterior.  

3. Curaco de Vélez a Quinchao  Es el más clásico de los recorridos fuera de la Isla Grande, a la cual se llega en brevísimo viaje en trasbordador desde Dalcahue, a 19 km al norte de Castro. Se trata de la isla de Quinchao. No sólo debemos conocer Curaco de Vélez, que tiene muchas valiosas construcciones tradicionales, aunque se encuentra algo disminuida por el incendio de su gran iglesia, que fue reemplazada por un engendro inclasificable. Hay que seguir a la armoniosa Achao, a los pueblos de Quinchao y Matao, a Huyar Alto y a Huyar Bajo

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