Casas Reales de Camboya | Palacios para gemir y danzar

Casas Reales de Camboya
Palacios para gemir y danzar

Un rey del Sudeste Asiático que fue bailarín clásico y coreógrafo en París, Norodom Sihamoni, habita estos  palacios de Phnom Penh. Empezamos la visita con una paz  sobrenatural, pero el guía fue contando de los Jemeres Rojos, de Pol Pot, de la Indochina Francesa, de los bombarderos de Nixon, y nos cambió el gesto y el humor.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

No era posible imaginar un desenlace así. Llevábamos unos cuantos minutos recorriendo, las casas reales de Camboya, en Phnom Pen, y todo lucía perfecto. En una mañana transparente, llena de sol, a orillas del legendario río Mekong, veíamos palacios como hechos para llenar de sueños a los adultos con alma de niños, muchas  agujas doradas apuntando al cielo y ventanas que al abrirse podrían ver asomarse a un príncipe de cuentos. Se habría dicho que los  prados y jardines eran copias de alguna acuarela de Oriente. Casi podíamos imaginar una enorme sonrisa flotando  sobre nuestro grupo, que iba detrás de un guía delicado y prudente. Hasta que alguien le preguntó sobre lo más importante ocurrido en este conjunto de palacios y templos dorados.

 El hombre se detuvo como si hubiera tropezado, y sin mirar al que le hizo la pregunta se puso a hablar con una tristeza contenida. Habló de el día que Francia decidió quitarle la libertad al pueblo de Camboya y a otros vecinos, como Laos y Vietnam, para auto designarse nación “protectora”. Se inició así una etapa colonialista que afligió a muchos millones de hombres.

–Al principio nos vencieron; luego nos humillaron durante un siglo. Nuestra clase dirigente se afrancesó hasta perder la vergüenza, y muchos intentaron cambiarnos a Buda por el Cristianismo. Empezó la resistencia sólo a fines del siglo XIX y medio siglo más tarde, después de la segunda guerra mundial, los franceses se vieron obligados a darnos la independencia. Desde que ellos llegaron, Camboya casi no ha conocido la paz.  Estos palacios reales han sabido poco de sosiego y mucho de destrucciones y traiciones. Hasta los japoneses nos invadieron durante la segunda guerra.

Prisión sin muros

Al guía la voz se le pone opaca. La sonrisa del grupo empieza a borrarse. Alguien cree necesario decir que el dolor delos camboyanos no siempre ha sido culpa de las potencias occidentales, que el régimen criminal del camboyano Pol Pot mató a sus propios hermanos.

–Eso fue horroroso—admite el guía, sin cambiar el tono de voz–. Pero ese régimen duró cuatro años, no duró siglos.

 Y seguramente Pol Pot no habría llegado al poder si no hubiese existido intervención extranjera. Llevábamos apenas unos años sin los franceses, cuando el presidente Richard Nixon decidió derrocar a nuestro rey y a nuestro gobierno, para instalar en el poder a un militar que pusiera nuestro territorio al servicio de Estados Unidos. De ese modo creyó enfrentar mejor la guerra contra nuestro vecino Vietnam. Bombarderos norteamericanos B-52 lanzaron napalm y bombas de racimo con dardos de hierro perforantes. Murieron 600.000 camboyanos. Así, pensaba Nixon, se iban a interrumpir las denunciadas líneas de suministro de Vietnam comunista. Sufrimos como siete Hiroshima.

El guía está seguro que Pol Pot y los Jemeres Rojos –insignificantes entonces– se hicieron fuertes porque el pueblo camboyano sentía la humillación. Y cuando las tropas norteamericanas salieron precipitadamente, humilladas también, dejaron la semilla de un mal todavía peor: la guerra entre hermanos. Pol Pot y su máquina de exterminio se apoderaron de Camboya. Hubo unos 800.000 muertos por lo menos. Pol Pot tomó el enloquecido camino del genocidio teniendo como ejemplo la Revolución Cultural que el comunista chino Mao Zedong y sus Guardias Rojos llevaran adelante en los años sesenta. “Nuestro país se convirtió en una prisión sin muros. Este palacio real fue muy saqueado, casi olvidado”.

En los apenas cuatro años que estuvieron a la cabeza del gobierno, los Jemeres Rojos repletaron el catálogo de las atrocidades. Para tratar de entender lo ocurrido y salir de la perplejidad no sirve un analista político. Hay que buscar el auxilio de un analista psiquiátrico.  Entre 1976 y 1979 Camboya fue símbolo del horror. Las grandes democracias occidentales lamentaron el genocidio en marcha, pero nunca hicieron lo suficiente como para detenerlo. Tuvo que intervenir su vecino Vietnam, un país socialista, con respaldo político de la Unión Soviética. Los libró de Pol Pot, pero sin darles de inmediato toda la libertad que los camboyanos esperaban. Pol Pot pasó a la clandestinidad por varios años, período en que la propia…CIA le prestó apoyo, para castigar a Vietnam, que había propinado la primera derrota militar de su historia a los Estados Unidos. Los Jemeres Rojos fueron protegidos por el gobierno pro occidental de Tailandia, país donde murió Pol Pot, en su cama y sin recibir castigo.

Terminada la etapa de Nixon, el otrora derrocado príncipe Norodom Sihanouk empezó lentamente a recuperar voz y poder después de vivir exiliado en China y de volver en los tiempos del Jemer, período en que fue mantenido cautivo en su residencia junto a su hijo, el actual monarca. Fue Primer Ministro y luego aceptó reasumir como rey, condición a la que había renunciado en la década de los 50 para enfrentar libremente un rol político más activo. Tiempo más tarde, enfermo y agotado por 60 años de tensiones, tomó la decisión de entregar la corona a uno de sus descendientes.

 Como los hijos mayores estaban profundamente involucrados en luchas políticas y habían sido protagonistas de duras intrigas de palacio, decidió designar como sucesor a su hijo Sihamoni, el más pacífico de la noble familia de los Varman, que –con pocas interrupciones–  reina en Camboya desde el siglo 13.  Nacido en este palacio, donde fue coronado el 2004, actúa siempre bajo la atenta mirada de su padre, que ya se acerca a los 90 años.

Un rey que danza

El relato del intérprete nos había llevado desde la euforia al desgarro, y del desencanto a la esperanza, en pocas horas.

Los edificios del Palacio Real dejaron de ser un escenario de cuentos para niños, para convertirse en testigos de dolores inimaginables. Nuestro guía vuelve a ser delicado y prudente. Nos dice que el nuevo rey (en mayo próximo cumplirá  los 60), se mantiene juvenil y activo porque desde niño ha sido bailarín, un bailarín clásico. Nos describe su vida de éxitos artísticos en Praga, sus clases de danza impartidas en el Conservatorio de París; sus creaciones como coreógrafo, en que llegó a tener su propia troupe en Francia, el Ballet Deva, y sus incursiones en el cine sobre danza.

También su mesurado comportamiento como embajador de Camboya ante la ONU y la Unesco, sin abandonar su trabajo como coreógrafo.

Al revés de su padre, que ha tenido seis esposas, él no se ha casado. Tampoco se le conocen hijos, nos dice el guía, y vive sin pareja en el Palacio Real que visitamos, que con su historia nos hace sentir que recupera su atmósfera transparente. Norodom Sihamoni desempeña escasas tareas políticas, salvo en el terreno artístico y de representación.

El gobierno lo lleva el Primer Ministro Hun Sen, de su misma edad, un amigo de Vietnam. Fue un juvenil jemer rojo que se opuso a Pol Pot, y tiene cierta notoriedad en el mundo por ser el primer ministro que lleva más años en el cargo; por tener un ojo de vidrio en remplazo del que perdió en combate, y por el nombre que le puso a sus hijos: Mana, Mani, Manit, Manet, Mali y Malis. 

Comparado con Hun Sen, el rey tal vez tenga poco poder, pero es respetado por todos. El pueblo camboyano pareciera ver en él otra expresión de uno de sus dioses, Shiva, que es para muchos hinduistas el dios de la danza. Vemos el blanco rostro de Shiva en los cuatro lados de la aguja o chapitel más alto del Palacio del Trono. Según importantes filósofos hindúes, esta representación es la más clara imagen de la actividad de Dios. “El Señor Shiva”, dicen, “ejecuta la danza cósmica de la continuidad eterna de los ciclos de nacimientos y muertes”. Pero puede haber otras razones para que Sihamoni sea bien recibido por un pueblo víctima de tantas guerras y hambrunas. Shiva, el dios de la danza, es el que tiene un tercer ojo en medio de la frente, el ojo de la sabiduría. Ojo que también se asocia al poder que destruye a malvados y pecados. Los adoradores de este dios lo veneran a menudo en la forma del falo de Shiva, y ven en él a un santón que en busca de la perfección espiritual niega su cuerpo y su sexualidad. ¿Que este rey sea bailarín y soltero puede tener, entonces, para muchos un valor sobrenatural?  ¡Cómo saberlo!

El propio Sihamoni ha escrito: “Para nosotros los jemer la danza es, en su forma más elaborada, un medio de acercarnos a los dioses. Así pues, la danza se convierte en oración. Llega a ser un ritual indispensable para el avance del mundo, proyectándonos a lo divino y elevándonos a las alturas sobrenaturales”.

El viaje como emoción

Entender el pensamiento oriental no es algo que podamos lograr en un viaje (ni en la  vida entera). Dejamos, entonces,a Sihamoni y su Palacio Real. Queremos conocer el resto de Phnom Penh. Es una ciudad de trazado europeo, la más bella de la Indochina francesa, con barrios de exquisita arquitectura inspirada en París, de calles anchas y llenas de verde. Pero ya está lejos de ser una urbe occidental. El monumento principal, en las afueras del Palacio Real, no ha sido levantado a un guerrero, o a un político avezado. Es tributo al monje Sandech Chuon Nath, que estudió y rescató la lengua del pueblo jemer, etnia a la que pertenece casi la totalidad de la población de Camboya. Sus museos y muchas construcciones nobles nos recuerdan que en mil años no ha existido otro país en el Sudeste Asiático con una arquitectura más admirable inspirada en el hinduismo y el budismo de India y China.

Su nuevo Museo Nacional, hecho de terracota, vecino del Palacio Real, guarda la mejor colección de arte jemer de toda Asia, incluyendo muchas piezas provenientes  de Angkor, la antigua capital, que creó la mayor estructura  religiosa construida por el Hombre, uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo. Visitamos también Bayon y el Templo de la Mujer, muchos otros yacimientos arqueológicos en las cercanías de Siem Rep, para terminar comprendiendo que nos movemos en una nación de constructores con talentos poco comunes. El territorio entero se encuentra sembrado de angkores, bayones y templos asfixiados por árboles de raíces descomunales como las de Ta Prohm. De ellos hablaremos otro día. Hasta hace poco, el horror de bombardeos y genocidios mantenían oculto a uno de los países más asombrosos del mundo. En la misteriosa Camboya tenemos la oportunidad –otra vez– de sentir el viaje como la emoción que conmociona nuestra alma y que por la boca se nos escapa como un profundo suspiro.  

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