Brasil, para olvidarnos de todo

Brasil, para olvidarnos de todo

En estos días de languidez mundial, lo que puede levantarnos el ánimo es Brasil, un país donde el mañana no tiene importancia. (Quién sabe si el sol saldrá otra vez.) Tampoco importa que Lula haya heredado marcas mundiales de desigualdad económica, y que le cueste batallar contra el interés egoísta de cada grupo. El brasileño aprendió, por siglos, y por igual, a ignorar el dolor de ayer y la falta de certezas sobre el mañana. Busca refugio en el placer y en la risa; en el sexo sin culpas, en el baile, la cachaza, la capoeira; en reuniones al atardecer para hacer rogativas a dioses que no son cristianos, nativos ni africanos, sino una mezcla indescifrable, porque los esclavos cruzaron el Atlántico con sus ritos ocultos en algún pliegue del cerebro, y de mala gana aceptaron algo del cristianismo.

Lo que nadie discute es que no existiría lo brasileño sin la Bahía negra y mestiza. Es el mundo pintoresco y colorista expresado en el universo de Jorge Amado, en Doña Flor y sus dos maridos, en Gabriela, clavo y canela. No existiría Brasil sin la pasión por el futebol, dondehay espacio para la fiesta, para el desborde mayor, sólo comparable al desborde del Amazonas, que avanza, brega, y se da por vencido después de miles de kilómetros. Su fútbol llega al éxtasis en el Maracaná, un mundo en explosión cuando ocurre el clásico fla-flu, el encuentro entre Flamengo  y Fluminense. 

Los africanos atrapados convirtieron la costa de Brasil en un espejo de la espiritualidad del continente negro. Fue el refugio para las almas mientras los cuerpos sufrían. Hicieron de Bahía no sólo lo más propio de Brasil, sino la capital negra de Sudamérica. Últimamente, tomando la punta de la madeja de ritos y rezos, los investigadores están encontrando el origen preciso de buena parte de los esclavos. Venían de Dahomey, actual Benín. Allá siguen viviendo sus primos. Hacia allá debemos hacer preguntas cuando nos arrastra el carnaval, cuando nos enfrentamos a su cocina, tan ancha como la nación, y su música que se fusiona mil veces, aprende de otros y enseña a otros, y sobrevive como fenómeno único. 

Todo esto explica, en buena parte, la atracción que los chilenos (y el mundo) sentimos por Brasil. También concurren, claro, su belleza, su inmensidad, Hace poco fue elegido por la National Geographic como el mejor destino de aventura en el mundo y una de las capitales universales del buceo. Por estos días se nos habla mucho del archipiélago Noronha, de la región virgen de Jalapao, del parque Lencois Maranhenses; y de Minais Gerais, una fiesta sin igual para los amantes del barroco. Se nos tienta, naturalmente, como siempre, con los misterios del candomblé, porque sus ceremonias parecen hechas para conquistar al hombre curioso, y donde las mulatas color arena mojada le añaden sensualidad (por si algo faltara).