Bolonia | Nostalgia de lo infinito

Bolonia
Nostalgia de lo infinito

No lejos de Venecia, Florencia y Milán, esta ciudad milenaria sobrevive casi milagrosamente intacta y armoniosa. Es el lugar ideal para botar los mapas y perderse por sus rincones. En sus calles se adquiere la nostalgia de lo que nunca muere, de lo infinito. Elegante como pocas. Libre del turismo masivo, hemos podido caminarla sin prisa, con una fiesta en el alma, hasta descubrir por qué tiene la mejor calidad de vida entre las grandes capitales italianas. En su universidad, la más vieja de todas, el exiliado abate Molina se convirtió hace más de dos siglos en el primer sabio chileno.

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Ando con la sonrisa pegada en la boca, porque estoy recibiendo el mejor regalo. Llevo dos días caminando por las calles de Bolonia y siento los pies tan livianos como cuando llegué. Acabo de subir y bajar los 500 escalones –¡mil en total!– de la más alta de sus torres inclinadas, la de Asinelli, y sigo caminando como niño en juguetería. No me acuerdo de mi cuerpo, del hambre ni de nada. Mi cerebro ya sabe que cada nuevo paso tendrá su recompensa. Al doblar cualquier esquina me volveré a asombrar o a regocijar. Desde la altura pude comprobar que Bolonia, pintada de terracota y ocre, no tiene edificios que rompan su armonía casi milagrosa, algo simple que en Chile –por falta de conciencia histórica– no terminamos de entender.

Hago parte del camino con Dania Maccaferri, una ejecutiva italiana de mucho mundo que trabaja para la internacional Beghelli, de la vecina villa de Monteveglio. Ha recorrido todos los barrios medievales de Europa, y me dice que después de Venecia no hay otro tan bien conservado, admirable y extenso como éste. Pocas ciudades guardan así de intacta la esencia del Renacimiento. Su única universidad es una universidad única: casi tiene mil años. Es más antigua que Oxford, que la Sorbonne, que Cambridge, que Salamanca. Sus edificios de la Via Zamboni se conservan intactos, restaurados con infinito respeto. Algunas facultades, salas de medicina, bibliotecas, lucen admirablemente anacrónicas en su arquitectura y decoración. Parecen intactas. No me cuesta imaginar que en cualquier momento, en uno de sus corredores, pueda aparecer la desgarbada figura del abate Molina, ese jesuita sabio expulsado de Chile en tiempos de la Colonia, que enseñó aquí por medio siglo, y se adelantó a muchos, por lo cual fue castigado (ver recuadro).  En una cafetería de la universidad, mi acompañante me muestra de lejos a Umberto Eco, solitario, ensimismado. El autor de El nombre de la rosa hace clases de semiótica aquí desde los años 70, y en este lugar anunció la llegada de La nueva Edad Media.

La calle como pasarela

Bolonia algo tiene que ver con lo que Umberto Eco anunciara. Es una fiesta para los ojos: tiene más de 40 kilómetros de edificios con portales o arcadas, que protegen del sol en verano y de la lluvia en estos días de invierno. Aquí y allá, a veces en tres o cuatro direcciones distintas, los portales forman perspectivas que recuerdan las pinturas del metafísico italiano De Chirico y nos conducen dulcemente a un pasado vivo todavía. Uno de sus óleos, que vimos hace poco en el MOMA, de Nueva York, muestra una torre supuestamente de Turín, aunque se parece más a la que acabo de subir. El nombre del lienzo, La Nostalgia de lo Infinito, podría hacer honor a Bolonia, donde todo permanece y no languidece. A lo más, veo algunos muros descascarados.  Es admirable el estado de conservación de la ciudad, a pesar de los bombardeos aliados de la segunda guerra. Aquí estuvo el centro estratégico del bloque fascista, luego sustituido por el Partido Comunista, que ha gobernado desde el municipio durante más de medio siglo. Por acoger a los sindicatos poderosos de la industria automotriz, todavía se le conoce como “la ciudad Roja”. También alude a sus techos de tejas y muros de ladrillo, donde lo que domina es el rojo. 

Rojos son también la salsa boloñesa y muchos de los platos más sabrosos de la llamada “cocina italiana”, que nacieron en esta región de Emilia-Romagna. Durante dos días he probado el prosciuto de Parma, el aceto balsámico de Módena, las lasañas y raviolis. Y en estos momentos, la gran plaza mayor ha visto celebrarse una fiesta de la… mortadella. Por eso, cuando a los italianos les preguntan qué comida le gusta más, muchos responden: “La de mia mamma, y después, la de Emilia-Romagna”.

Pero – ¡hay un pero!–, con todo lo que vemos y saboreamos, ¿por qué  esta ciudad no está llena de turistas?  Profundo misterio. Se encuentra repleta de estudiantes alegres, y su gente común viste con tanta armonía y cuidado que al ir por sus calles casi parecen caminar sobre una pasarela que se extiende entre palacios, museos y pequeñas tiendas de gran diseño a bajo precio. La ciudad no es sólo muy bella; tiene la mejor calidad de vida entre las grandes ciudades de Italia. ¿Qué le falta entonces? Tal vez, que su río, el Reno, pasara por el centro y no por la periferia, luciendo puentes románticos, y que tuviera un trozo de costa para mirar al Adriático o para echarse sobre la arena. Hace 700 años tuvo muchos canales y alguien quiso llamarla con amor la “piccola Venezia”. Eso no se ve hoy, al menos a primera vista. Además está obligada a competir con gigantes del turismo universal: está a una hora de Florencia, a 90 minutos de Venecia y a dos horas de Milán. Pero tal vecindad puede ser una  de sus ventajas. Justamente por esa cercanía vine una vez, y ahora me he fugado de nuevo y siento que no sólo se ha repetido el placer. Ha aumentado. Ahora cuesta más que antes encontrar bellas ciudades no alteradas por la invasión turística. En sus museos, como la Pinacoteca Nazionale, hay obras de los mismos genios que ennoblecieron Florencia. Miguel Angel y Rafael han dejado huella aquí,  y el Renacimiento se abre como una flor en la Plaza Maggiore y su manierista y nudista Fuente de Neptuno.

Pero estas formas de arte son apenas de ayer en esta ciudad que fundaran los etruscos. Acabo de recorrer un lugar en que casi se me entró el habla: es un conjunto de templos que serían producto del capricho de un obispo de hace 16 siglos, Petronio, quien intentó reproducir en Bolonia la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén.  Se le llama hoy “el complejo de las siete iglesias” (aunque de las siete no quedan más que cuatro). Se trata de la basílica de Santo Stefano. Nunca llegó a ser concluido el proyecto, levantado sobre un templo de Isis, que hoy tendría 2 mil años. Construcciones y destrucciones, restauraciones cuidadas y otras muy descuidadas, no logran quitarle a este lugar el mérito de ser el tesoro románico más rico de Bolonia. Algunos de sus edificios y otras obras son del siglo cuarto y quinto, y existen sarcófagos de mártires de los principios del cristianismo. Bien protegido, vemos el más antiguo pesebre que se conozca. Es del siglo XIII, está hecho a tamaño natural, en madera, y se llama Adoración de los Reyes Magos. Hemos encontrado huellas de los etruscos, de los romanos, del 300 al 900, decenas de villas y palacios renacentistas, de plazas medievales, testigos todos de una historia que no quiere tener fin y cuyos principios no terminan de investigar los arqueólogos. 

Paladar de nobles

De este lugar casi fuera del tiempo, Dania me lleva al palacio más notable de la Universidad de Bolonia: el Archiginnasio, en la Piazza Maggiore. Por 250 años fue sede del Studium. Tiene una enorme biblioteca antigua, una iglesia de la misma época, un teatro de Anatomía del 1600, y dos hermosas escalas para subir al segundo piso: una usada por los legistas, estudiantes de derecho canónico y civil, que miraban en menos a los artistas, nombre que agrupaba a los estudiantes de medicina, filosofía, matemática y ciencias físicas y naturales.  El edificio conserva absolutamente intacta su atmósfera de pasado.  Los muros están repletos de escudos de familia pertenecientes a sus estudiantes. Más de siete mil imágenes heráldicas e inscripciones en honor de alumnos y maestros han logrado sobrevivir a los cambios de época, a los bombardeos y al olvido en que cayó la mayoría. Aunque aquí toda vanidad parece una anécdota, la suma de la historia que se ha escrito en estos pasillos carga los hombros de cualquiera. Algo parecido ocurre en el Real Colegio de España. Desde esa misma época viene recibiendo a postulantes a doctorado en Bolonia. Llegan de Sevilla, de Salamanca, de Madrid, de Barcelona, y de otras ciudades hispanas, incluyendo de la América española. En este lugar, los futuros doctores tienen comida y buen descanso. Es el más famoso de los 24 colegios fundados en la ciudad en casi cinco siglos. 

Partiendo de la Piazza Maggiore –presidida por una de las iglesias más grandes del mundo, la basílica de San Petronio–, vamos encontrando calles más o menos breves, pero sabrosas y provocativas para el viajero, con venta y exhibición de exquisiteces, como la Via Pescherie Vecchie (le queda poco de la vieja pescadería), Via Massimo d’Azeglio, Via Clavature y varias otras. Todas ellas forman el camino seguro para salir trotando a un restaurante en busca de curiosidades para el paladar. Mi anfitriona me lleva a un lugar donde veremos usar de la manera más original nuestro conocido aceto balsámico. En un menú de degustación nos presentan el verdadero, el antiquísimo, el de Emilia-Romana, llamado aceto balsámico “tradicional”. El chef nos cuenta que en muchas ciudades de la región, las antiguas novias debían llevar como dote uno o más barrilitos de este condimento para paladares especiales. Se produce no lejos de aquí, en Módena, la misma de Pavarotti y los autos Ferrari. Es artesanal y no se parece en nada al aceto de producción industrial que compramos en Chile. Primero, este ¡no se echa a la ensalada! Sólo a platos cocinados. Nos hacen probarlo con ravioles a la Verdi cubiertos de trufa negra, con tortelli de zucca relleno de calabaza y en un  pappardelle con salsa de salami y queso fundido. También con un trocito de culatello, una exquisitez de jamón hecho con la parte superior de la pierna más tierna, la que usa el cerdo para sentarse. Siempre se ponen unas mezquinas gotas. Son acetos madurados, que, como el mejor vino, pueden tener 12 años. Y hasta 25, como el que nuestro chef se atreve a echar a mi helado de vainilla con trocitos de chocolate…

“Maravilloso”, exclama mi acompañante. “Fantástico”,  digo para no ser roto. Pero la verdad es que esta Emilia-Romagna me está pareciendo una señora muy extraña en la cocina. No se lo diré a nadie, porque mi paladar nació y morirá roto y provinciano. Pero deberé confesar siempre que mis ojos se han quedado enamorados de Bolonia.

Abate Molina
Un sabio con poca suerte

Han pasado ya casi dos siglos de la muerte del abate Juan Ignacio Molina en Italia. Suficientes como para que el nombre de este maulino colonial esté virtualmente borrado entre los propios bibliotecarios y profesores de la Universidad de Bolonia, aunque entre nosotros sigamos repitiendo  que fue uno de los grandes sabios de la ciudad docta. Así pude comprobarlo hace años, y al escribir por primera vez sobre ese olvido boloñés, un debate nacido en su natal Villa Alegre llevó sangre al río. Juan Ignacio Molina no fue hombre de suerte. Su capacidad de observación y su intuición lo tuvieron al borde de convertirse en un prematuro Darwin o Teilhard de Chardin.

¿Qué le impidió dar el paso decisivo para poner la base consagratoria universal de su genio? Es difícil saberlo por la distancia en el tiempo y en la geografía. No no existen documentos o testimonios que expliquen suficientemente lo ocurrido. Tal vez pudo influir un proceso –que duró varios años– en que se pedía su excomunión por sus teorías próximas a la evolución de Darwin bosquejadas el año 1815 en su ensayo “Analogías menos observadas de los tres reinos de la Naturaleza”. Darwin, 44 años más tarde, publicó su teoría sobre la evolución de las especies. Pero ni uno ni otro fueron estrictamente los primeros: la visión del mundo evolucionista viene caminando desde la antigüedad. El griego Anaximander y otros teorizaron sobre la materia, textos que habrá conocido bien el sabio  Molina, quien comenzó a ganarse la vida en la Universidad de Bolonia como profesor de griego.

Otra obra suya que lo pone entre los adelantados es de 1818: Sobre la propagación del género humano en las diversas partes de la tierra. En ella intuye el poblamiento de América a través del estrecho de Bering, aunque probablemente –según se cree hoy—pueden ser otros los caminos que tomaron los primeros americanos, posibilidad que también consideró el abate Molina.

Vivió más de medio siglo en Bolonia, fue miembro de su mundialmente respetada Academia de Ciencias (incluso su presidente subrogante, según algunas versiones); instaló un colegio de educación básica para poder sustentar sus gastos y dejó investigaciones muy importantes para Chile en materia de descripción de flora y fauna.

Cuando la corona española expulsó a los jesuitas de todas sus colonias americanas, Molina tenía 27 años. Debió refugiarse en Italia. En los 62 años siguientes, hasta su muerte, no pudo volver a Chile ni ver a su madre que vivía en la vecindad de Villa Alegre. Murió a los 89 años, en Ímola. Gracias a una donación suya, en Chile se pudo fundar en Talca el cuarto liceo de Chile, que lleva hoy su nombre. Su mala suerte no lo abandonó después de muerto. Un monumento construido por Vicuña Mackenna en su honor, fue retirado más tarde de la Alameda de Santiago y enviado a la actual Región del Maule, en vez de levantarle uno nuevo. No le sigue siendo fácil ser profeta en su tierra. 

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