Bolivia: La Paz que podemos vivir

Bolivia: La Paz que podemos vivir

Ese día supimos, hace años, que el aymara Evo Morales Ayma, pastor de llamas, panadero, trompetista y ladrillero, llegaría a gobernar Bolivia. Hasta un ciego lo habría visto. Íbamos camino a La Paz navegando el lago Titicaca sentados junto a una mujer indígena de edad mediana, con su característico tongo sobre la cabeza y su gesto sin tiempo, cuando una mujer blanca aún joven subió a la embarcación. Con paso resuelto se puso frente a la mujer indígena; la miró de un modo que no pudimos calibrar hasta que abrió la boca. “¡Párese, y deme el asiento!”. La mujer aymara se limitó a poner sus ojos sobre los suyos, sin cambiar el gesto indescifrable. Nosotros no pudimos evitar una protesta:

–Y usted ¿qué se cree?    

–No se meta, ¿¡usted qué se cree!? 

Nadie más intervino. La señora aymara permaneció sentada, y la señora llena de energía optó por cambiarse de lugar, siguiendo de pie el resto de la navegación. En ese momento, no nos pareció significativa la muda resistencia de la indígena frente a un abuso insoportable. Fue al recorrer La Paz entre una multitud de mujeres y hombres iguales a ella (en la foto, con vicepresidente Álvaro García Linera) cuando comprendimos que se había acabado el tiempo de que Bolivia fuera gobernada y abusada por una absoluta minoría blanca, o mestiza apenas. Nos  ocurrió lo mismo cuando visitamos Sudáfrica en los años del apartheid, con sus buses para blancos y sus buses para negros, con esa policía que detenía en la calle a toda persona negra que estuviera emparejada con una persona de piel clara. Regresamos cuando el ex prisionero político Nelson Mandela, prohombre de la tribu Tembu, hoy de 90 años, gobernaba, con sabiduría, a blancos y a negros. La vida era otra. Había parejas de blancos y africanos.

Todo hombre era el hombre.

En esos días de Bolivia que hemos recordado, estaba incubándose un parecido cambio histórico. La Paz nos pareció muy atractiva por su emplazamiento, por su gente; la más latinoamericana de todas. Es bueno recordarla hoy, cuando la crisis nos ha acortado las alas a los viajeros.  Podemos ir lejos en el tiempo sin ir lejos de Chile. La Paz se halla sobre un enorme anfiteatro natural de cerros, la hoyada, dónde hombres de piel cobriza y ojos mansos, viven arriba, arriba, arriba, hasta la ciudad de El Alto, sumando millones. Abajo habitan sobre todo los descendientes de los conquistadores, entre bellos templos del barroco andino. Tiene buenos hoteles y restaurantes y mercados seguros, que ya existían antes de la llegada de los españoles.   

Cerca se halla el lago Titicaca y el sitio arqueológico de Tiahuanaco, quieto y bello corazón de un imperio que los indígenas desarrollaron por 27 siglos, desde 1.500 años antes de Cristo. Después de su ocaso, surgieron los señoríos aymaras. Ellos, ahora, empiezan a recuperar el antiguo protagonismo extraviado. Es un fenómeno histórico del que podemos ser testigos presenciales, nos guste o nos inquiete. Debemos disfrutar las bellezas de este Tibet americano, ir a ver lo que hay al otro lado de la pared.