Austria no se merece Amstetten

Austria no se merece Amstetten

Que ahora la prensa hable menos del psicópata Joseph Fritzl, y se ocupe más del Campeonato Europeo de Fútbol de la UEFA, disputado por estos días precisamente en Austria, tiene muchas lecturas posibles. Una de ellas es la que me duele: la imagen del país que vio nacer a Mozart, a Haydn, a Von Karajan, a Klimt, a Rilke, a Kafka, a tantos seres que hicieron crecer al hombre; que fue el hogar de Freud y Beethoven casi por una vida entera, y donde todos los prodigios han sido posibles.   

Austria no merece ser juzgada por los casos de Joseph Fritzl y Natascha Kampush, ni tampoco por haber sido Hitler un hijo no deseado, a fines del siglo 19. Este país religioso, mayoritariamente católico, de cultura alemana, goza de calidad de vida excepcional. Tiene uno de los mejores sistemas de seguridad social, gracias a impuestos pagados rigurosamente por quienes deben hacerlo. Casos patológicos como los recordados llenan de culpa a sus propios habitantes, al extremo que una investigadora de la Universidad de Viena, Christine Geserick, ha llegado a temer que “en el futuro, Austria será el país del monstruo de Amstetten y de Natascha Kampusch”, aunque eso “puede pasar en cualquier parte del mundo”, advirtió a La Tercera (foto, Joseph Fritzl detenido).

Subiendo y bajando los Alpes, en diferentes épocas, he conocido Austria. Produce la mejor clase de asombro. La pequeña Salzburgo –que es como su esencia– no sólo conserva la casa de Mozart, sino que aún nos permite escuchar algunos de sus conciertos en el solemne Salón de los Caballeros, donde fue interpretada su primera composición, cuando era niño. Los salzburgueses han conservado su región tal como la conociera Humboldt, quien la vio como una de las tres regiones más hermosas de la Tierra. La armonía entre la ciudad y su entorno parece tan irreal como para haber escrito hace 30 años: “Salzburgo fue hecha en borrador por el Hombre; Dios la pasó en limpio.”

El poeta de estirpe judía que creó los Festivales de Salzburgo, Hugo von Hoffmannsthal, expresó su amor de otro modo: “Aquí tenía que nacer Mozart…Está en el centro de Europa, entre montaña y llanura; entre lo heroico y lo idílico; monumento entre lo citadino y lo campestre; entre lo antiquísimo y lo moderno; entre los barroco principesco y lo apacible eternamente campesino. Mozart es la exacta  expresión de todo esto”.

Viena, la antigua capital imperial, la capital del vals y de los placeres nobles, sigue muy viva en el siglo 21. Su modernísimo Barrio de los Museos nos lleva por todos los mejores caminos de la obra humana, y tiene restaurantes y cafés que no cierran ni siquiera de noche, como si esperara que al romper el día Viena sea iluminada con nuevas revoluciones en el arte y en las costumbres humanas.

De todo esto saben los austriacos; no del psicópata de Amstetten.