Australia | Xtravagancias Xtremas

Australia
Xtravagancias Xtremas

Esto no parece un país. Es como un desmesurado parque temático de las rarezas. Y no por sus koalas, canguros y otros seres únicos. Es por su alucinante Barrera de Coral, la obra más grande y quizá más bella hecha por seres vivos en el planeta. También por Sidney, donde la calidad de vida de la mayoría va medio siglo adelante. Y por el alado edificio de la Ópera, verdadera Torre Eiffel del continente, que por pesos más, pesos menos, su joven creador no quiso verla terminada… Viajar a Australia es viajar al futuro. Y tal vez a Asia. Sepa el por qué.   

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Al borde del ¡aleluya! me tiene la belleza casi irreal de la bahía de Sidney. Navego por unas horas en medio de una serena exhibición de alegría de la gente, que pasea montada en diferentes lanchas, botes y catamaranes. Tal vez por el entusiasmo, Australia me hace recordar eso de que “los pueblos felices y las mujeres honradas no tienen historia”. Lo dijo mi amigo Juan Carlos Onetti, que ya lleva 20 años mirándonos desde algún lugar de ubicación inexacta que tal vez se parezca a este.

Sobre las aguas de la bahía se deslizan los transbordadores cerca de uno de los puentes más extraordinarios, y una multitud de veleros silenciosos enmarcan la imagen de la Ópera, cuyas bóvedas, altas y con vértices, recuerdan las velas de un barco. Es una construcción casi aérea, imaginada hace casi 60 años por un arquitecto danés principiante que nunca quiso visitarla cuando fue concluida (molesto con las autoridades del Estado). Tal vez murió sin tener plena conciencia que había dado forma a la Torre Eiffel de otro continente. Ya anciano, cerca de su muerte (ocurrida hace menos de seis años), Jorn Utzonrecibió el premio mayor de la arquitectura mundial, el Pritzker. 

Desde la bahía estoy disfrutando de la imagen de una ciudad de aguas, una de las más bellas del mundo, medio oculta tras una vegetación intocable. Puedo divisar a los habitantes de Sidney, llegados de los cinco continentes, que disfrutan de una envidiable calidad de vida y cuya sociedad supera limitaciones de ayer. Ocupan el segundo lugar en el mundo como lugar ideal para emprender según el Índice Gedi 2014. Sólo lo supera Estados Unidos.  Con la última generación empieza a retroceder la actitud racista de sus fundadores, que hasta 1973 impedían el ingreso de inmigrantes no blancos, y daban trato desigual a la población originaria. Estos nativos, que son representantes de la cultura viva más antigua del planeta, han estado recuperado de a poco tierras que les pertenecían hasta la colonización británica, y desde los años sesenta ya pueden votar…

A las familias socialmente más tradicionales de Australia, descendientes de  antiguos presidiarios, se les podía escuchar expresiones como esta:« Australia debe estar siempre libre de la contaminación y la influencia degradante de las razas inferiores.»

Asia en la frontera

Pero vivir hoy en Australia es asomarse al mundo del mañana. Se esfuerza por ser un país marsupial, donde cada hijo se sienta protegido. Su gente, que ha llegado del mundo entero, es extraordinariamente amable con el viajero, y tiene todos los colores, aunque todavía hay pocos de etnias africanas. Disfruta de un ingreso per capita cuatro veces más alto que el de Chile. Casi todos hacen deportes, gozan de una gastronomía enriquecida por Europa y especialmente por la de Asia, que se encuentra a pocos kilómetros de distancia. (Tan vecinos que se puede decir que Australia es, geográficamente, Asia como China o Vietnam, de donde han llegado miles de inmigrantes). La muy asiática Indonesia  se encuentra a la misma distancia de Australia que Santiago de Valparaíso (si tomamos sus puntos extremos en línea recta).  Por ese lugar, los primeros habitantes de Australia entraron desde Asia en época remota. ¿Podemos imaginar una futurista Austrasia?

Pero esta isla enorme permaneció millones de años muy separada del resto del mundo, aislamiento que la transformó en un parque jurásico, con seres tan extraordinarios y extraños que han terminado por darle su sello de identidad. Sus seres vivos son conocidos por los niños de todos los continentes, mientras que sus modernas ciudades  -tal vez con la excepción de Sidney y Melbourne–, figuran entre las grandes desconocidas para el hombre común: Hobart, Perth, Makay,  Adelaide, Brisbane, Darwin, Camberra, Victoria, Cairns… Todas ellas en la costa, pues las tres del interior desértico, muy pequeñas, no lo conoce nadie, salvo los que hacen la excursión hasta la inquietante montaña sagrada de Uluru, que al ponerse el sol se tiñe de rojo, y así la conocemos.

A Australia se le distingue principalmente por el edificio-velero de su Ópera de Sidney, pero muy especialmente por su fauna de tierra y de mar.

Archipiélago de corales

Empecemos por el agua. Había grandes concentraciones de coral aquí antes que existiera cualquier expresión de vida sobre tierra firme. El hombre, claro, no era ni siquiera un sueño. La Gran Barrera de Coral australiana debe ser considerada la mayor construcción del mundo hecha por seres vivos. Más de 2.200 kilómetros de islas y depósitos coralíferos, con hoteles repartidos aquí y allá junto a playas de belleza casi relajante, como las de Lizard Island, y donde alojar una noche puede costar mil dólares o más (con desayuno…). Pero hay alojamientos de precio medio en algunas islas, desde luego, pero principalmente en ciudades vecinas de la costa, que tienen incluso hoteles para mochileros y cabañas sin lujos (Cairns, Port Douglas).  Bajo estas aguas viven algunos géneros de seres acuáticos contemporáneos de los dinosaurios. La fauna marina más rica del planeta. Para hacer esta gran obra, los corales vienen trabajando por 230 millones de años. Para asomarse a ella existen excursiones desde Cairns y otros puertos, por un día o por muchos. En catamarán o en aviones anfibios. Hay islas de máxima exclusividad  –como Lizard, donde la dulce princesa Diana de Gales y Carlos pasaron su luna de miel–; y otras como Green Island, frente a Cairns, más acogedora con el turista común, ambas a casi 3.000 kilómetros de Sidney. Pero todas ofrecen como expectativa bajar a observatorios submarinos o nadar en medio de un mundo de sueños. Hay mucha gente linda, y otra “ya no apta para el consumo”, como me dice un salvavidas italiano.

Cerca de Lizard Island visité el Cod Hole, con 16 metros de profundidad y una visibilidad promedio de 25 metros. Algunos le llaman “capital del submarinismo.”  Cerca de la superficie pude ver almejas de 60 años, tan grandes como un baúl. Y durante un día luminoso, en Osprey comprobé que existe una visibilidad  que alcanza hasta los 60 metros bajo el mar.

En la última década, gracias al clásico de Pixar, millones de turistas han llegado a la Gran Barrera buscando a Nemo, el pequeño pez payaso de estos arrecifes, protagonista de la ya famosa aventura junto a su padre. Con ellos también viajó Dory, una pecesita cirujano azul y negro, de ojos saltones. Ella sufre de fallas en su memoria corta, que la hacen tierna y divertida. Ahora, ella será la protagonista de Buscando a Dory, cinta anunciada por Disney-Pixar para un año y medio más. Otra vez, una multitud de turistas saltarán a la Gran Barrera a ver crustáceos y moluscos, y buscar a Nemo y a Dory. 

Asombro en la cordillera

Vean el mundo al que llegarán esos viajeros. Cerca de la orilla, en un asombroso jardín acuático, descubrirán una pluma y alguien les dirá que es un coral. Un  gran arbusto color violeta, también coral. Algo parecido a un cerebro humano o a un ikebana vibrante; otro coral. Son miles de figuras inclasificables. Si pasamos las manos sobre ellas tendremos la sensación de tocar un huiro o una badana empapada. Cada figura la forman millones de animales diminutos agrupados. Eso cuando están vivos. Al morir, de ellos quedan restos más o menos pequeños e informes. Lo que subsiste por millones de años y vemos en los mares tibios de Oeanía, el Caribe y otros lugares, es lo que ellos construyeron en vida para  protegerse, pues son seres frágiles y pequeños. Producen una sustancia semejante a la de las rocas (de cal), con la cual dan forma a esas fortificaciones, que pueden ser rígidas o flexibles. Dicha estructura calcárea, ese caserón o pedestal común, es lo que aparece dentro o fuera del agua y que llamamos corales. Producen muchos de los paisajes más bellos del planeta. Hoy, después de millones de años, los corales forman montañas submarinas seis o siete veces más altas que la torre del Costanera Center, y no muy lejos de aquí un atolón de coral, Kwajalein, de las islas Marshall, es casi tan grande como la provincia de Valparaíso.

Estos seres no pueden vivir a más de 50 metros de profundidad. ¿Cómo se explica entonces que existen enormes  montañas submarinas hechas de sus restos calcáreos? La explicación es una sola: en 230 millones de años, el territorio ocupado poros corales ha estado cubierto por los mares a distintas alturas, las aguas han avanzado y han retrocedido muchas veces. Los restos masivos bajo el mar corresponden, entonces, a épocas muy remotas.

Australia es aquí una cordillera de asombros.

Un marsupio per capita

Nadie que ame los mamíferos podrá pasar por Australia sin ver marsupiales. No me refiero sólo a los canguros. Casi todos los mamíferos australianos tienen su bolsa o marsupio donde acoger y alimentar a sus crías. He tenido en mis brazos ositos marsupiales llamados koalas. En jaulas he visto gatos y lauchas marsupiales, topos y comadrejas marsupiales. He fotografiado marsupiales herbívoros que miden tres metros de la cabeza la cola (canguros) y marsupiales carnívoros que pesan ¡cinco gramos! en su edad adulta… La naturaleza emparejó la cancha y hay casi hay un marsupio per capita, pues los mamíferos con placenta son pocos.

De todos los marsupiales, el canguro es el rey del mundo. Por el gran tamaño de algunos y porque en otras épocas habitó los seis continentes, incluyendo Sudamérica, que tuvo ejemplares de hasta 4 metros. Comenzó a desaparecer casi junto con los dinosaurios, en el Cretáceo. Gracias al aislamiento, logró sobrevivir en Australia y su vecindario.

¿A qué mamíferos no les tocó bolsa marsupial? Sólo a algunos roedores y murciélagos. Tampoco al ornitorrinco, el único mamífero que pone huevos, tiene un hocico que parece pico de pato, patas de nutria y cola de castor, y que puede castigar con veneno a su adversario. Junto a él hay otros mamíferos primitivos que conservan muchas características de reptil y no disponen de marsupio. Y algunos más. Muy pocos. Como el perro-lobo llamado dingo.

Por eso, para salir de nuestro mundo, no es necesario esperar un viaje a las estrellas. Basta un salto hasta Australia. Todos los ojos de niño se abrirán, desde 1 a 99 años… (Nicanor, abstenerse. Cien cumplen estos días, y por eso hay fuegos artificiales en el cielo. ¿Cómo no recordarlo aquí si él nos ha llevado por otras rutas de los prodigios? Parra es nuestro inclasificable ornitorrinco de las letras, risueño viajero entre las estrellas. El lector nos perdonará este inevitable extravío. También alguna vez en su vida a él –al lector– se le habrá cruzado el ornitoparrinco en alguna parte del camino).

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