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Atitlán | El lago de los espíritus mayas – Luis Alberto Ganderats
Atitlán | El lago de los espíritus mayas

Atitlán
El lago de los espíritus mayas

Sobre el altiplano de Guatemala descubrimos el lago más bello del mundo, a juicio de muchos. Sus vecinos, que visten siempre como para un carnaval, preparan ahora las fiestas de julio y agosto.

Por Luis Alberto Ganderats

Hace siglos, el lago Atitlán se enamoró de una joven princesa maya que noche a noche entraba a sus aguas, desnuda. Lo hacía a escondidas del rey.

Cuando fue descubierta, nunca. más el lago pudo vera a su amada, y el carácter se le puso agrio. Por las tardes suele tener arrebatos,y se escuchan sus furiosos resoplidos. Nos enteramos de esta creencia en medio del lago, cuando los indígenas que viajaban en nuestra lancha hicieron gestos sombríos. Al guía, un maya-tzutuhil, le preguntamos por esa gente inquieta.

– Es que está soplando el xocorril.

– ¿Y eso?


– Es el viento que barre los pecados, y agita las aguas del laguito, señor. Tenemos que apurarnos.

UN GIGANTE JARDINERO.

Minutos mis tarde, el barco se mece como preparándose para volar, en un lago que se pone cada vez más hermoso con los rayos de luz cruzados entre las nubes. A lo lejos, otras nubes rojizas de la tarde parecen resbalar por las laderas, como si los volcanes quisieran desnudarse. Los pescadores indígenas apresurados en sus cayucos. mínimos. Mujeres que lavan ropa en aguas todevía quieas de lacrilla empiezan a levantar sus ojos al cielo. Esta súbica amenaza es recibida por los turisas más con pena  que con miedo. Después de visitar los pueblos del lago Asitlán en medio de ese hormiguero de mayas vestidos como para un carnaval, , coloridos de piez a cabeza, la sensación que tenemos es que será dificil vivir otra experiencia de viaje tan excepcional, y conocer un lago de belleza perfecta.

Para llegar a él debimos trepar 1.500 m. o más, por los caminos que llevan al altiplano central guatemalteco. Ibamos con la boca abierta. La zona parece hecha por un jardinero gigante. Un parque natural que sube por los cerros y volcanes, llena los

mínimos valles de maíz, de raps, con tres y cuatro cosechas al año. Al recoger, los campesinos mayas dejan soporte para el ají, para los frijoles. No hay tierra vacía, todo

se aprovecha. Así podemos imaginar el  mundo de Tikal cuando florecía hace 2 mil años. Vemos aquí y allá casas que parecen de acuarela. Pura armonía.

ARCO IRIS EN EL CUERPO.

Estamos en el bello departamento, de Solola, donde los mayas de hoy visten como personajes de cuento, alrededor del soberbio lago. La mezcla del paisaje físico y humano – el paisaje y el paisanaje- produce uno de los espectáculos más extraordinarios que todavía puede ofrecer el mundo.

Por fin llegamos al pueblo turístico de Panajachel donde, luego de ese recorrido emocionante, pasamos al regocijo mayor: descubrimos el lago Atitlán. Es el mirador ideal paraun paisaje expléndido. Sólo vemos belleza, aunque para alcanzarla los estremecimientos de la tierra y los huracanes han debido pasar sis cinceles de dolor. Al frente, en el otro extremo del lago, hay tres grandes volcanes que se tragan el horizonte, y han gestado algunas tragedias.

Una docena de pueblos se levantan en las orillas, todos habitados por mayas que visten de manera diferente, haciendo de la variedad una auténtica proeza de imaginación. Hay más de 350 trajes nacionales en la pequeña Guatemala, y en Solola este fenómeno es casi tan masivo como sorprendente. Hmbres y mujeres se visten con el arco iris. Al parecer, usando esas ropas coloniales creen mantener su contacto con los antepasados. Quieren seguir siendo un pueblo con sus pies cerca del agua. Los balnearios por sus nombres hacen que el Atitlán parezca el mar de Galilea, el de los apóstoles: San Pedro La Laguna, San Juan, Santiago Atitlán, San Lucas Tolimán, San Antonio Palopó, San Marcos La Laguna…

SANTO POCO VIRTUOSO.

Y hasta San Simón aparece en la boca de los guías, porque de dl proviene -según se cree- el habitante más extraordinario dle lago, llamado Maximón. Lo encontramos en Santiago Atitlán, del cual es su santo protector. Nos advirtieron que sería difícil ubicarlo, pues cambia de cofradías todos los años, de casa con mucha frecuencia, y la pequeña ciudad está formada por callecitas con vocación de laberinto. Maximón, el santo de palo, tiene muchos vicios y cara de palo. Exige aguardiente, tabaco, monedas. Su imágenes que mide algo más de un metro y siempre luce un puro entre los

Dientes la vemos repleta de ropa indígena y europea, de sombreros, pañuelos, zapatillas, pantalones.  “Parece que se le cayó encima un ropero abierto”, ironiza alguien.

No se permite instalarlo en los templos, por orden del obispo católico, aunque en los templos de Solola vemos hermanadas, y hasta confundidas, muchas creencias cristianas y mayas, protagonizando ceremonias admirables no pocas veces inquietantes.

En los 17 km. de diámetro del lago dominan esos gigantes dormidos de lava llamados San Pedro, Tolimár y Atilán, que muchos escalan. También se usan para los vuelos en aladeltas. Hay buenos hoteles en los cuales la hora de comer suena la marimba, y a veces los chinchines u otros instrumentos coloniales. A los pueblos se puede ir caminando o en bicicleta por rutas de gran belleza. O navegando. Alguno ya ha desparecido bajo devastadores aludes provocados por tormentas tropicales.

FIESTAS QUE VIENEN.

Los barcos que recorren el lago salen principalmente desde Panajachel, a 130 km. de la capital. Santiago Atitlán, el más interesante centro poblado, se divisa al otro lado del lago, a 30 minutos de navegación, entre volcanes arropados en nubes. Con sus 45 mil habitantes, es uno de los sitios indígenas más poblados de América Central. En el camino van surgiendo los. pescadores mayas en sus toscos cayucos, y al lado nuestro, sobre la lancha, vemos mujeres con el característico huipil, traje indígena de estos países americanos, decorados a menudo con pájaros de colores. Algunos hombres llevan camisas con murciélagos bordados en la espalda.

Un torbellino de vendedoras recibe a nuestra lancha en el muelle de Santiago Atitlán y nos sigue hasta el hermoso templo animista-cristiano. Casi todas son lindas jovencitas vestidas y peinadas para ser vistas y vender artesanías, principalmente los martes, que es el día de feria. Vemos telares de cintura o pedal, y dedos ágiles como palillos. (Nuestra maleta se convertirá en un jardín de colores). Los descendientes de mayas que habitan la región –unos 30 mil tzutuhiles y cakchiqueles- protegen aquí su pasado. Dan sonrisas, pero exigen respeto. Son herederos genuinos de esos personales de que nos habla el Popol-Vuh, libro nacido en este vecindario, en Chichicastenango.

Muchos vienen de Momostenango, a pocos kilómetros de aquí, que tienen una gran feria con rituales indígenas del 21 de julio al 4 de agosto. Vendrán también de las celebraciones de Joybaj, en el vecino Quiché, que reúne a miles de extranjeros interesados en las danzas precolombinas (del 9 al 15 de agosto). Y unos cuantos llegarán a mediados de agosto desde la feria anual de Jocotenango, cerca de Antigua (a dos horas de viaje). En rodos estos casos, el lago Atitlán es escogido para celebrar el fin de fiesta, por ser el mejor escenario. Huxley lo recordaba –con toda razón- más hermoso que el magnifico lago de cómo. Los mayas del lago nos dejan invitados a volver, a viajar, en pocas horas, unos mil años hacia el pasado.

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