Angkor | Un reino de otros mundos

Angkor
Un reino de otros mundos

Los grandes viajeros ya cansados encuentran en Camboya un impulso irresistible para seguir andando. Las tres capitales del Imperio Jemer, en Angkor, sus templos y monasterios, abandonados por 500 años, dejan a cualquiera con el espíritu ardiendo ante lo que parece un reino de otros mundos. “Tal vez sean los monumentos más grandiosos, más importantes y de mayor perfección artística que nos ha legado la historia”, escribió el científico francés Henri Mouhot.  

Revista Ya Colección. Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats, desde Siem Reap, Camboya.

“Hay algo que deberíamos saber antes de llegar: Angkor, fue la capital de una especie de Imperio Romano del Sudeste Asiático”, dice nuestro viejo acompañante camboyano. Advierte que si lo olvidamos jamás entenderemos el asombro que nos produce por su arte monumental dedicado a Shivá, a Buda, y por sus templos atrapados por la selva. Eso la tiene convertida en uno de los primeros destinos turísticos del Sudeste Asiático. También debemos tratar de saber por qué fue abandonada. Pero por mucho que le preguntemos, el anciano se niega a dar una respuesta segura. “Sigue siendo un misterio”. 

Sesenta años antes que Colón y los primeros navegantes europeos desembarcaran en América, esta ciudad milenaria del pueblo jemer ya había sido deshabitada. Todos se fueron para siempre, a pesar de tener el lago de agua dulce más grande de Asia, una bendición para la siembra de arroz. Nadie sabe por qué en 1432 la capital fue instalada a más de 300 kilómetros, en Phnom Penh, donde está hoy.

Angkor pasó a la historia. Unos cuantos monjes budistas se ocuparon de habitar y mantener su monasterio principal, que es el recinto religioso más grande hecho por el hombre. El resto de las construcciones imperiales fueron vaciadas y luego invadidas por la selva y los animales silvestres, durante casi cinco siglos. En uno de sus espacios más admirables, Ta Prohm, todo sigue igual, salvo por algunas limpiezas mínimas, para que el visitante pueda ver cómo las poderosas raíces agobiaron y encorvaron edificios de piedra (ver recuadro). Estas raíces fueron las protagonistas más recordables de la película Tomb Raider, filmada en Angkor, con Angelina Jolie. Y otras películas de gusto masivo también han transmitido al mundo el estremecimiento que produce al hombre la amenaza de la selva invasora. Pero pocos viajeros podían llegar a estos lugares. Las convulsiones internas, especialmente el régimen del Jemer Rojo y luego su guerrilla, hicieron extremadamente peligroso, si no imposible, recorrer Angkor y sus alrededores.

La aventura en su cumbre  

El siglo 21 ha traído la tranquilidad suficiente, y ahora podemos ver que los turistas suben como hilera de hormigas por las torres de Angkor. Y el sector de las raíces gigantes es fotografiado como si fuera la Fontana di Trevi. Este conjunto de templos y monasterios es hoy uno de los grandes destinos turísticos de Asia y el mundo. Quien esto escribe se inscribe en la mayoría que llega a Angkor sin tener claro que en el área bajo ese nombre no hay una sino tres capitales sucesivas del poderoso mundo jemer. Este pueblo, “maravilla y azote de Oriente”, levantó su imperio sobre casi todo el Sudeste Asiático continental: parte de los territorios de Camboya, Vietnam, Tailandia y Laos, más sectores de Birmania y Malasia (802-1432). Para conquistar, utilizaba guerreros montados en miles de elefantes, que oscurecían el sol al avanzar por caminos de tierra. Templos, palacios y portentosas obras hidráulicas y de caminos fueron hechos con ayuda de mano esclava de las tribus vencidas.

En estos primeros días del 2013 se ve a Camboya como uno de los destinos de viaje que dejan el espíritu ardiendo. Las razones son arqueológicas, artísticas, religiosas, históricas y culturales, especialmente por la Ciudad Sagrada de Angkor y otros lugares próximos a la acogedora ciudad hotelera de Siem Reap, donde aterrizamos ayer en  vuelo de una hora desde la vietnamita Saigón, hoy Ho Chi Minh City. 

Siempre hemos creído que pisar Angkor, y especialmente el sector de Ta Prohm, con sus templos agobiados por raíces descomunales, podía sentirse como la cumbre de la aventura de viajar, sería como llegar a un reino de otros mundos. Este estremecedor escenario de grandes religiones, que habla de las precariedad de las glorias humanas, explica bien la emoción que estamos sintiendo. Hay situaciones que nos dejan sin palabras. Angkor nos deja sin voz.

Dotados de una belleza casi irreal, los templos que tengo al frente parecen descomunales corales muertos. Sus monumentos “tal vez sean los más grandiosos, más importantes y de mayor perfección artística que nos ha legado la historia”, dijo el científico Henri Mouhot, un francés que los redescubrió en el siglo 19. ¿Pudo dejarse llevar por el entusiasmo? Claro. Cómo no entusiasmarse. Mientras Europa construía sus simples iglesias románicas, en Angkor se dejaba ver ya una de las más más admirables expresiones de la creatividad humana. Su obra maestra la visitamos a una hora de aquí. Es la llamada Ciudadela de las Mujeres o Banteay Srei, templo delicioso levantado y decorado antes del año 1.000 (ver recuadro).

Su majestad celebra

Estamos a 8 kilómetros al Norte de Siem Reap, en la llamada Ciudad Sagrada de Angkor Vat, que fuera la segunda capital de Angkor. Se encuentra completamente rodeada de un foso de 150 metros de ancho, lleno de agua, antes habitado por cocodrilos. El sol nos sofoca, pero también enciende la tarde iluminando como nunca sus construcciones ojivales, las gopuras, o puertas-torres, inspiradas en el capullo del loto, flores que abundan en un viejo estanque que tenemos al frente. En sus aguas se reflejan las torres, las mismas cinco con las que habitualmente se simboliza el mito oriental del ombligo del mundo, el monte Meru, que algunos imaginan parte de los Himalaya. Estas construcciones hinduistas, cuyo perfil luce hoy la bandera nacional de Camboya, son el núcleo de la segunda capital jemer.  

La tercera, Angkor Thom, mucho más extensa, no está  inspirada en el hinduismo, sino en el budismo. Se encuentra a unos minutos de caminata desde la ciudad anterior. Fue la última metrópoli jemer en la región de Angkor, abandonada poco antes de la fatiga definitiva del imperio. En el centro de ella se encuentra Bayón, y su medio centenar de grandes torres con cuatro enormes caras, iguales, pero de gesto diferente, que miran a los cuatro puntos cardinales. Supuestamente, estaban destinadas a vigilar al pueblo y a detectar enemigos ocultos. Todas esas caras de piedra “transpiran poder y control con una chispa de humanidad.” Ellas representan, supuestamente, al emperador de entonces, el dios-rey Jayavarman VII, el mayor creador de templos y palacios del imperio. Otros sostienen que no se trata del emperador mismo, sino de su expresión religiosa, Bodhisattva Lokeshvara, dios budista de la compasión.

Junto a su entrada oriental descubrimos la impresionante Terraza de los Elefantes, con muchas imágenes de esos animales, donde el rey-dios recibía con bailarinas a sus soldados en la Puerta de la Victoria. Un diplomático chino describió en 1296 un desfile real en este lugar: “…Después de  los ministros y príncipes montados sobre elefantes, y delante de ellos se pueden ver innumerables  paraguas rojos. After them come the wives and concubines of the king, in palanquins, carriages, on horseback and on elephants. Vienen luego las esposas y concubinas del rey, en palanquines, en carros, a caballo y en elefantes.They have more than one hundred parasols, flecked with gold. Llevan más de un centenar de sombrillas salpicadas de oro. Behind them comes the sovereign, standing on an elephant, holding his sacred sword in his hand. Detrás de ellas aparece el soberano, de pie sobre un elefante, sosteniendo su espada sagrada en la mano.The elephant’s tusks are encased in gold.  Los colmillos de los animales  están recubiertos en oro”.

Angkor Thom tuvo una corte tan rica como la de antigua Babilonia. Pero, como ocurre en todo el territorio de Angkor, no podremos ver nada de los palacios reales ni menos de las casas del hombre común. Todo edificio no religioso ha desaparecido por la precariedad de los materiales con que fueron construidos. Sólo los dioses tenían derecho a vivir en palacios sólidos, y ellos son los que hoy forman esta selva labrada en piedra. De cómo vivía el hombre común sólo lo sabemos por grabados en la piedra. También sobreviven mil imágenes de sus dioses, las que en verdad eran mucho más que imágenes. Para los jemeres no eran simplemente símbolos divinos, no eran una representación de los dioses: eran los dioses mismos. Dañarlas era peor que un sacrilegio. Por eso, muchas han sobrevivido.

Maldición de lo fácil                               

Al final del recorrido, después de unos minutos en vehículo a motor, llegamos a lo que fue la primera capital del Imperio de Angkor, por 12 años (877-889). Hoy se le conoce como el Grupo Arqueológico de Roulos. Parece un ensayo, un Angkor en pequeña escala y más rústico, que nos permite entender la evolución del arte y la arquitectura en esta región de Asia, y ser testigos del nacimiento del arte clásico camboyano.

Avanzamos por Angkor junto al viejo guía jemer en completo silencio, tratando de entender. El anciano nos dice que no existiría nada de lo que hemos visto de no mediar la fuerza espiritual y política del budismo y el hinduismo. Nos mira con satisfacción al afirmar: “El pasado y el presente también coexisten aquí. Lo que vemos en las piedras se halla intacto en nosotros”. El budismo comparte honores con el animismo hinduista. Ambas creencias se funden en algunos lugares, ya que un rey hinduista fue sucedido por otro budista, quien modificó el registro espiritual del imperio. Sin embargo, ambas religiones suelen coincidir hoy en ciertas imágenes y creencias, tal como ocurriera con el espiritismo indígena americano al serle impuesta una religión cristiana. Las serpientes nagas, por ejemplo, son hoy tan propias de la mitología budista como de la hindú. En el ingreso a Angkor Vat nos dan la bienvenida representaciones de las nagas en el borde de las pasarelas. Son de proporciones gigantescas, con muchas cabezas, como la hidra griega.

Hace más de 700 años, Zhou Daguan, diplomático y gran viajero chino, se quedó 11 meses pegado en Angkor Thom, atraído por la clase de vida que llevaban los jemeres, y no sólo por sus desfiles reales (descritos por él líneas arriba). Cuenta que las mujeres disponían de bastante libertad sexual, que se bañaban desnudas, por grupos, en los ríos, incluyendo las bellas jovencitas de palacio. Los marinos de su barco, inquietos, solían tirarse irreflexivamente al agua en busca de algún contacto. Si los maridos estaban más de 10 días ausentes, las mujeres se sentían con libertad para buscar el sustituto adecuado. 

En tierra, ellas andaban siempre desnudas de la cintura para arriba, como las ninfas acuáticas hindúes, las apsarás, grabadas por miles en estos templos. Ninguna apsará es igual a otra, pero a menudo se parecen a las sonrientes camboyanas del 2013: ojos suavemente oblicuos, lindas sonrisas, cuerpos leves bien formados, y bocas con cierta expresión de inocencia sospechosa.

En el informe a su emperador, este diplomático de 30 años dijo que en Angkor “el arroz es fácil de ganar; las mujeres, fáciles de conseguir; las casas, fáciles de administrar, y los negocios, fáciles de llevar”.

“Una vida fácil”, nos dice el viejo guía, bajando la voz. Tal vez siente que fue la responsable de que un día Angkor no pudiera evitar las invasiones, las derrotas militares, la sublevación de los esclavos o el fracaso de los sistemas hidráulicos en los que basaba su vida económica. ¿Podemos ver en ella la principal causa de su desmoronamiento un siglo más tarde?  Seguramente no fue una sola razón. Sus dioses se habrán encargado de cegarlos para que cometieran errores en cadena.

Al ver lo sucedido con Angkor, y tantos poderosos imperios de ayer, el anciano,  acompañando sus palabras con un gesto cansado, dice que no es prudente mirar con optimismo el futuro de los imperios económicos de hoy. Los chinos lo saben mejor que nadie, advierte. Son sabios en el arte de esperar.

Ta Prohm

Dioses en prisión 

Dentro del gran complejo de Angkor, quizá el más conocido y sugerente espacio es el monasterio real de Ta Prohm, atrapado por gigantescas raíces aéreas. Su imagen de abandono es en verdad una verdad a medias. Cuando en el siglo 19 los franceses decidieron limpiar los innumerables templos de Angkor invadidos por la vegetación, optaron por dejar a Ta Prohm en el estado como le encontraron. Les bastó alguna mínima limpieza, poda, tala y restauración, para que el visitante moderno pudiera experimentar lo que ellos sintieron.

En Ta Prohm, durante el siglo 12 vivieron unas 13 mil personas, la mayoría monjes budistas. La imagen que dominaba el templo era la de la diosa de la sabiduría, Prajnaparamita, cuyo rostro se había esculpido con los rasgos de la madre del rey-dios Jayavarman VII. El recinto tenía 1.000 metros de largo y 600 de ancho, y era ocupado principalmente por viviendas de madera, que ya no existen. Dentro de este rectángulo amurallado había otros cuatro recintos, uno dentro del otro, hasta llegar al corazón, que tenía un muro de sólo 30 metros por 30. Cada uno de estos recintos estaba unido con sus vecinos por puerta-columnas con cuatro caras, siguiendo el estilo Bayon, propio de la última capital, Angkor Thom. 

Durante 500 años de abandono Ta Prohm fue colonizado por árboles con gigantescas raíces aéreas. Ceibas, ficus baniano y en especial por gigantescos tetrameles nudiflora (spung), que con sus poderosas raíces pálidas agobian y encorvan los edificios de piedra.

Estos árboles montados sobre los tejados sorprenden, pero el proceso fue muy simple: semillas de tetrameles y ficus cayeron sobre los techos de templos, galerías y gruesos muros divisorios, y sobre ellos germinaron. Luego sus raíces aéreas buscaron a ciegas el agua de la tierra, en todas direcciones. Por siglos, las raíces han engrosado hasta ser hoy enormes pulpos vegetales o racimos de raíces más delgadas. Los edificios parecen amenazados de muerte. Se cree, sin embargo, que en la mayoría de los casos esas raíces ayudan a mantenerlos en pie. Efectivamente, rompen las juntas que sustentan las construcciones, pero a la vez sirven de unión entre ellas, impidiendo que se derrumben. Cubren techos, portadas, columnas y relieves. Con la complicidad de las lianas, se cierran muchas puertas y ventanas. En estas celdas con barrotes de madera viva parecen estar recluidos los dioses.

Banteay Srei

Prodigios del año 967

Este templo hinduista, consagrado a Vishnú hace más de un milenio, fue reabierto al turismo en 1998. Antes, las pocas visitas debían ser expresamente autorizadas y requerían escolta armada. Nuestro acompañante camboyano nos explica que el área estuvo controlada por la sangrienta guerrilla del Jemer Rojo hasta años recientes. Ahora se puede visitar sin riesgo, y es considerado la joya de la corona en Angkor. Joya de piedra intensamente roja, de pequeño tamaño. Cuando fue consagrado el año 967 tenía un refinamiento insuperable. Por su delicadeza, uno no sabe si es obra de arquitectos o de joyeros, ni donde termina la arquitectura y empieza la escultura. Su belleza emociona. Por esos años, Europa vivía el mozárabe, el carolingio, el pre románico, y lo mejor que ellos producían “parecen balbuceos bárbaros” al lado de la decoraciones, relieves y soluciones arquitectónicas de este templo. Su nombre, que significa Ciudadela de las Mujeres (aunque se trata de un templo), se explica por la exquisitez femenina del conjunto y la presencia en las fachadas de las divinidades protectoras llamadas devatas yde sensuales bailarinas jemer, las apsarás, de pecho lleno y desnudo.

Su valor artístico fuera de serie y su alta cotización económica entre traficantes de antigüedades, tentó a un joven intelectual francés que llegaría a ser Ministro de Cultura de Charles de Gaulle. A los 24 años, un elegante André Malraux, viajó desde Marsella hasta este templo –entonces parte de la Indochina francesa– sólo para robar cuatro bloques con bajorrelieves, venderlos a un coleccionista estadounidense y así “vivir tranquilamente dos o tres años”. Lo hizo coludido con un amigo francés y su esposa Clara Goldschmidt, hija de comerciantes alemanes inmigrantes. Llevaron los bloques en carreta y luego por el río Mekong, hasta la capital, Pnom Penh. Allí fueron detenidos. Malraux estuvo un año en prisión. Las piezas arqueológicas volvieron a su lugar, y él se hizo más tarde defensor del patrimonio cultural universal…

Muchos de estos relieves son obras maestras de la escultura jemer, cuentan leyendas y epopeyas sacadas del Ramayana y otros textos. Vemos dioses, semidioses y soldados;  importantes personajes de la mitología hindú, como Indra, dios del firmamento, cabalgando sobre un elefante de cinco cabezas, y a Krishna dando muerte a su tío Kamsa, el demonio. En el exterior del templo siguen vigilando las imágenes de intrigantes garudas, seres con cuerpo humano, picos de águila y patas de león.

El templo se encuentra a unos 30 kilómetros de Angkor Vat, en un trecho donde  fotografiamos casas campesinas construidas sobre pilotes de madera. Explican: “Por las inundaciones, por los tigres, elefantes y jabalíes salvajes…Aunque ahora ya no hay. También huyeron por el Jemner Rojo”. Una campesina, en el camino nos ofrece una bandeja rebosante de enormes tarántulas fritas. Las conmociones sociales y el hambre pueden hacer que todo resulte apetitoso. ¿Por qué se salvó Banteay Srei de una guerrilla que aprendió de Mao los horrores de la Revolución Cultural? Tal vez gracias a Vishnú, su patrón celestial, dios de la Preservación. No sólo parece haberlos protegido en el siglo 20 de los Jemeres Rojos; también, por mil años de la avidez de muchos andré malraux y claras goldschmidt. Y de exploradores como el británico Sir H.M. Stanley que en Persia profanó el monumental pórtico jónico de las ruinas de Persépolis, con 2.500 años de antigüedad, rompiendo la piedra para escribir un recuerdo: “STANLEY. New York Herald.1870”.