Andrés Sabella |  “Un muerto habla de su vida”

Andrés Sabella
“Un muerto habla de su vida”

Publicado el 2 septiembre 1991

La última pregunta que le hicimos en la última entrevista (de las muchas que tuvimos) fue cómo quería que se le recordara después de muerto.

-Como un hombre cabal y un poeta con dignidad.

Pero quienes le conocieron saben que es imposible reducir a Andrés Sabella a unas palabras o líneas. A dos años de su muerte -ocurrida el 26 de agosto de 1989- habrá que añadir que fue cabal porque a la vez era maestro, aprendiz, conductor; tierno, agudo y valeroso; escritor de epopeyas y miserias, poeta y hermano.

Para recordarle, pensamos que es justo dar a conocer las respuestas a un cuestionario que le entregamos y que por cierta muerte inesperada quedaron sin publicar.

Antes de dejarle hablar, debemos decir que cuesta escoger de su obra algo para destacar primero. Si tomamos como criterio la trascendencia, habría que recordar algo envidiable para un creador: en 1959 dio su nombre al llamado Norte Grande. Con su famosa novela se convirtió en bautista de la región quizá más legendaria de Chile.

Desertó a ratos, pero siempre volvía al Norte, como las brújulas. Mientras él vivió no se encontraba en la región un escritor de mayor alcurnia. Tanto que cuando un rector universitario lo hostilizó, el resuello de Antofagasta pareció cortarse. Herir al hermano Sabella era someter a apremio la conciencia de todos. Reclamos y quejas saturaron la atmósfera como la camanchaca.

A los 76 años murió. Junto a él estaba Elba Emilia, su mujer, que lo acompañó desde que se hizo cincuentón. Al final leía para él lo que sus ojos no podían, recibiendo a cambio la ternura, el gozo inagotable del mayor poeta de la hermandad.

¿Qué siente cuando piensa en la muerte?

No pienso en la muerte. Vivir me arrebata. Aprendí de Blaise Cendrars que viven más los hombres de acción. Aseguramos una sillita cerca de Dios realizando actos de amor con sincera voluntad.

Descríbase físicamente.

Un pequeño búho gordo que aprendió a sonreír.

¿Qué le ha producido mayor alegría?

Pasar de Maestro Ciruela a doctor honoris causa de la Universidad del Norte, alegrando el espíritu de mi padre que, en vida, generosamente supo solo de mis alcances de bohemia, perdonándolos con una sonrisa.

¿Qué reuniones detesta?

La de los siúticos, magistrales de su propia miseria interior. Un buen remedio que aconsejo es desmayarse repentinamente, para salir al aire libre, por experiencias en este burladero.

¿Ciudades que le gustaría conocer o regresar a ellas?

París, para abrazar los fantasmas amados; Budapest, cuyo encanto me llega de la niñez, al escuchar su nombre, y Madrid, donde iría dejando besos en el aire.

¿Sus relaciones con la religión?

Soy religioso porque busco la unidad de todos por el amor. Un religioso cristiano que se angustia por la Paz.

¿Modelo humano que le atrajo entonces?

Mi padre, por su claridad mental, su modestia y su honradez. Descubrí, con orgullo, que había gentes que le pedían que le guardara su dinero, despreciando los bancos.

¿Qué mira primero en el hombre? ¿En la mujer?

En ambos: los ojos. Por ahí se penetra a lo hondo del ser. Pero a la mujer, las piernas, las columnas del templo.

¿Lo más difícil en una larga relación de pareja?

El entusiasmo del amor. Debemos evitar a todo trance la vulgaridad y el hastío. Debemos “estar de  novios”, aunque las arrugas nos caricaturicen. Mi fórmula ideal es ofrecer cada día un gusto a la mujer amada: una florcita, una palabra, la sorpresa que embandera el alma.

¿Su peor defecto?

A ratos se me escapa el caballo, ¡y soy mal jinete!

¿Siempre duerme tranquilamente, Andrés?

Desde hace “algunos años” duermo sobresaltado.

¿Defectos y cualidades de la clase más alta de Chile?

A los aristócratas, su carencia de conciencia social, olvidados de sus fundamentos cristianos. A los plutócratas, la soberbia del dinero, que los deshumaniza. La cualidad que les veo es su educación para el poder.

¿Y de la clase media?

Los que señaló Engels: vive en la “escala social” soñando escalar peldaños y tiritando por perderlos y venirse al suelo. ¿Su mérito? El sentido de la superación.

¿Alguna envidia bajo control?

No conozco la envidia. ¿Por qué sufrir si Dios no me regaló ojos verdes y sí al vecino? Mi abuelita Delfina, la minera, repetía que la envidia pone tonta a la gente. Cada uno con su alforja ¡y vamos caminando!

¿En qué se parece usted a otros Sagitarios?

En la capacidad de esperanza. No me fatiga arrojar mis flechas a todos los horizontes.

¿Qué es una persona culta?

No la de más libro. La más libre.

¿Tiene todavía el alma indigestada por algo que hizo o dejó de hacer?

Por no haberme recibido de abogado para satisfacción de mi padre, siguiendo la tradición de los Sabella de Egipto.

Díganos algo sobre su posición frente al sexo.

A los 70 y tantos se vive de espalda al sexo. La alcoba de los recuerdos se ilumina, tristemente, cuando evoco mis 20 años bravíos. La “celeste carne de la mujer”, que apasionó a Rubén Darío, fue mi juguete precioso. A los 17 años escribí: La tempestad de los sexos, poemas que destruí a pesar del juicio laudatorio de David Perry.

¿Casto o cauto? ¿Qué es mejor para un novio?

Prefiero que llegue entrenadito. Hoy no es posible el varón casto. Sería pieza de museo. “Hombre casto” rezaría en su vitrina. La cautela debe emplearse en no perder todas las municiones para el gran combate.

¿Y para la mujer?

Limpia de alma y aderezada por el fuego.

¿Qué prefiere que hagan con su cuerpo después de muerto?

Que lo tiren al mar, como el de un marinero. Lo he pedido a mis Hermanos de la Costa. En esta entrevista lo pido públicamente: ¡a terminar en ola, batiéndome por los siglos de los siglos!

¿Qué necesita para ser feliz?

Que los que amo, que todas las gentes, sean felices. ¿Por qué un valle de lágrimas y no un valle de cánticos? Neruda trazó la consigna: “Propagar la alegría”.

¿Cuándo cree haber divertido más a la gente?

Cuando en un examen de medicina legal glosé párrafos del Talmud y de Los paraísos artificiales de Baudelaire: rajaron a los antiguos doctores de la ley, al poeta y al alumno pretencioso.

¿En qué recibió elogios como estudiante?

Por mi capacidad de estudiante eterno de Leyes. ¡Catorce años con los códigos a cuesta! Superé al legendario Alfredo Larraín Neil. Un libro, un examen; un libro, un examen…

¿Qué siente cuando lo elogian?

Júbilo de artesano. Trabajo en lo que amo.

¿Qué siente frente a los desnudos periodísticos al estilo Playboy?

Que los investigadores del mañana nos catalogarán como la “Civilización del Poto”. Estamos “nalgados”, sin posibilidad de dar al traste con este “posaderismo”.

Personajes de TV que menos tolera.

Las iniciales TV las traduzco como Tiempo Vacío. No puedes, entonces, condenar a nadie de ella.

¿Cómo se desenchufa del trabajo?

Variando de tareas: escribo, charlo, dibujo, atiendo visitas, escucho música, leo y pienso, a veces.

Cuéntenos qué siente cuando viaja en avión.

Deseos de saltar a las nubes, de tenderme en ellas, de convertirme en jinete de las más finas.

¿Desde cuándo que no llora?

Lloro por dentro, doliéndome todos los muertos desaparecidos de estos años. Lloro, pues, todos los días, por mis hermanos sacrificados.

¿El más árabe de sus rasgos?

Dicen que la fantasía y mi inclinación por lo ornamental. Pero mis troncos vienen de Florencia. Mi padre nació en Jerusalén. ¿Es esa circunstancia suficiente para mi arabización? Mis rasgos son judíos; me lo observan a menudo.

¿Comidas que no puede ver ni en pintura?

Sesos, guatitas, patitas, ubres. Comer guatitas es como devorar toallas.

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