Ámsterdam, Holanda | Otro encanto de la burguesía

Ámsterdam, Holanda
Otro encanto de la burguesía

¡Bendita sea! Tiene el tamaño perfecto, una envidiable dulzura y miles de casas del siglo XVII que hacen a muchos navegar por algún sueño. Les  despiertan sus famosas vitrinas “de mala vida” y sus cafés para fumar marihuana con permiso. Su gente encantadora es abierta, es cálida y enemiga de fingir; y le da carácter a esta ciudad donde los ángeles andan libres, y unos pocos demonios también.

Por Luis Alberto Ganderats

Entusiasma a todos, aunque no veremos en Ámsterdam una colección de edificios monumentales, como en el común de las  ciudades  europeas. Se trata de otra cosa. Por eso el escritor español Eduardo Mendicutti -liberal por los cuatro costados- cuando le interrogaron sobre su amor por la capital holandesa exclamó: “¡Bendita sea!” Su encanto burgués nada tiene que ver con Buñuel y su película, sino con la burguesía comerciante que le dio estilo en su siglo de oro, el 17.

Antes de llegar ya sabemos de la libertad extrema de su gente. Lo que nos sorprende, entonces, es su armonía cabal, cuando no celestial. Eso sumerge a nuestra alma en agua tibia. No ha sido necesario empezar la visita por la plaza tal, por esa catedral o aquella  avenida…Toda la ciudad parece al servicio del sentimiento. Casi cualquier casa permite detenerse a observarla por mucho rato. Descubrimos en ella detalles admirables. Si observamos bien la calle completa descubriremos que cada una de sus casas es distinta, pero parecen diseñadas para vivir armónicamente con las otras.

De la mano de Rembrandt

Gracias a que es posible empezar la visita en donde estemos parados, podemos volver diez veces y siempre descubriremos bellezas nuevas, nacidas en la Edad Media o en el siglo XXI. Ahora hemos descubierto las construcciones modernas del antiguo puerto, donde se ha querido inventar todo de nuevo. Junto al canal del Ij nos asombra un edificio muy largo, de ocho pisos, que al verlo de lejos confundimos con un barco cargado de contenedores hasta el tope. De todos colores, montado sobre el agua en pilotes de concreto. No es el único barco. Entre las dos grandes guerras, se construyó aquí la Casa de los Marinos o De las Navegaciones, un barco varado, cuya proa se dirige al puerto. Y el modernísimo Museo Nemo parece hundirse como un Titanic urbano entre las aguas del puerto. Amsterdam (está claro) no olvida que es heredera de mil navegaciones. Ha construido ahora seis islas artificiales para viviendas y oficinas. No falta en la ciudad nueva casi ninguna de las grandes firmas de la arquitectura contemporánea. Todos han querido hacer suyo el slogan inglés de la ciudad: I AM sterdam. Los que quierenvivir el futuro ahora mismo, deben recorrer las islas-barrio de Borneo, Java, KNSM, Sporenburg y Cruquiusbuurt, todos en el sector oriental. Son un anuncio bajo el sol del mundo que viene.

Sin embargo, es el viejo Amsterdam el que más conmueve. Las casas de altas ventanas no usan cortinas ni visillos. Podemos caminar por las veredas o navegar por sus canales haciendo recorridos minuciosos por el interior de los hogares. Es como ir de la mano de Rembrandt, dejando registro en nuestra memoria, y con su mismo realismo y sus claroscuros. Al recorrer las colecciones del pintor comprobamos una vez más el orgullo de la gente por la ciudad que había creado. Ahí están retratados los burgueses con sus bellas casas, sus rincones, sus canales y puentes; sus ricas vestimentas y sus servidores. En este 2006, la ciudad celebra a Rembrandt por los cuatro siglos de su nacimiento. Rembrandt está en el cielo y en la tierra. En todo lugar.

Sin seño fruncido

Algunas viviendas se encuentran dañadas por el tiempo o las aguas. Entonces llegan los ocupantes ilegales, los okupas. Forman parte del paisaje turístico. Ayer lo fueron los provos. Sus melenas y gestos de indiferencia. Ahora los jóvenes okupas que se asoman por las ventanas en eternas cavilaciones, sin importarles las cámaras de video y la curiosidad de los visitantes. En esa tolerancia no son muy distintos que la mayoría de los habitantes de la ciudad. Libertarios hasta el delirio. Muy pocos aquí fruncen en el seño.

Alguien ha dicho que “parece una ciudad con doble alma, un alma buena y un alma mala, que le dota de una personalidad cautivadora e inocente, exhibicionista y oscura.” Sólo se trata de un reflejo de lo que es el hombre. La diferencia es que aquí lo más censurable y pecaminoso parece ser el ocultamiento. El calvinismo, dicen, aunque Calvino no fue ejemplo de tolerancia. Si algo sabe el mundo de Amsterdam es de algunas vitrinas de los prostíbulos del Rose Buurt, el Barrio Rojo. Mujeres a medio vestir o vestidas de aire y poco más, se instalan esperando una buena transacción. Son n observadas desde el otro lado del angosto canal por muchos visitantes curiosos o maliciosos. La gente vive aquí sumida en la mayor amplitud de criterio, sin prejuicios religiosos, raciales, culturales. Pero el vecino común parece tener claro que si bien todo le está permitido, no todo le hace bien.

La noche -por ejemplo- puede vivirse gozosamente sólo caminando la ciudad iluminada, en su momento más pleno. Un dato que nos dieron los que la conocen: hay que llegar al  lugar donde se unen los canales Reguliersgracht y Herengracht. Si el paseante se instala sobre la plaza Thorbeckeplein puede ver seis puentes de arcos en una fila, y si vira su cabeza aparecerán otros seis sobre el Herengracht. A la derecha verá dos más. Y estará  sobre otro… En total, quince puentes. Todos iluminados. ¿Alguien echará de menos el Barrio Rojo? 

El amor de la gente por su ciudad es parte de la alegría de vivir. Podemos advertirla en la protección de sus construcciones históricas, porque nunca reniega de su pasado, de mercaderes y marinos. De abuelos simples. Pasamos por la exclusa de Los Chanchos (Varkenssluis); la calle de Los Terneros (Kalverstraa);el puentecito de Las Lecheras Melkmeisjesbruggetje),y muchos otros llenos de dulces resonancias. Recorremos en bicicleta, por supuesto, como casi todos los habitantes de una ciudad que, por plana, se deja pedalear sin fatiga, y tiene los taxis más caros de Europa.

De gerente a dependiente, la consigna más saludable es pedalear.

Ese dulce tono menor en el ambiente sólo acepta excepciones en la cultura, y especialmente en los museos de Van Gogh, el de la casa de Rembrandt.También el  Rijksmuseum. Una generosa colección de pintura holandesa con obras como la Ronda nocturna de Rembrandt, La lechera de Vermeer o La mujer en su baño de Jan Steen. Hay más de 50 museos, de las materias más nobles y también de las más inesperadas.

De un café color café

El mismo tono menor explica también la existencia de los lugares públicos más buscados por los turistas: los bruin cafes. Es decir los “cafés-color-café.” Son los de siempre, cuyos muros se han ido tiñendo de color marrón oscuro por el humo de pipas y cigarrillos. Los habitantes de la ciudad quieren sentirse como en sus propias casas, y por eso los bruin  parecen una vivienda familiar con manteles sencillos y rumas de platos. Arrinconado por ahí, un desaliñado televisor para ver los goles del Ajax mientras los clientes se empinan una cerveza de barril, una  pilsje. O paladean un ginebra, una sopa de cebolla, y comen un pastel de manzana con crema o un sandwish de queso de bola. De todos los bruin café, el que tienemás encanto, quizá el más antiguo, es el Het Papeneiland, donde hacen esquina los canales Prinsengracht y Brouwersgracht. Parece salido de una pintura de Vermeer: con su vieja estufa, sus azulejos de la bella ciudad de Delft (póngala en su lista). Y sus mesas asomadas a los canales.

Este café-café se encuentra en el barrio más atractivo, el Jordaan, que algunos comparan con el bohemio Notting Hill de Londres. Construido en el siglo XVII, acogió primero a los obreros encargados de construir puentes y abrir canales. Tuvo fama entonces de insalubre y revoltoso. Después de la segunda guerra mundial, estudiantes y artistas se apoderaron de estas casas, hechas de ladrillo, con un patio interior y algunos manchones de verde. Hoy sirven a los anticuarios, libreros y bruin cafés. El Jordaan es un rincón irrenunciable para los que buscan más sosiego en esta ciudad sosegada.

No es sosegada en todas partes, claro. Fuera del más o menos rumoroso Barrio Rojo, se agita mucho el sector de tabernas en torno a la Rembrandt Plein. Y el variado humor de las drogas se reparte por toda la ciudad en cientos de los llamados coffeeshops, que son locales dedicados al consumo de marihuana, hachís y otro tipo de sustancias alucinógenas. No se ocultan. Son habitualmente llamativos por sus fachadas coloridas, donde se advierte claramente el tipo de local que son y lo que expenden. Entran sólo mayores de 18, y en su interior es obligatorio consumir comidas y bebidas.

Dicen que no han tenido el éxito masivo que se esperaba. Tal vez porque muchas drogas se disfrutan mejor clandestinamente, en la intimidad de las casas. O porque el consumo va unido a comportamientos no permitidos en estos locales.

Como sea, Ámsterdam es para los viajeros, justamente por sus demonios, un paraíso inspirado en el original.     

Cómo moverse

El Canal-Bus, que sale del Rijksmuseum, pasa por los 14 hitos turísticos más populares. El tranvía 20, que llaman “el circular”, permite ver lo mejor del barrio histórico. Si quiere entender la ciudad, ubique en un plano los canales madres de esta ciudad de aguas, que se llaman Singel, Heren, Keyzers y Prinsen (todos estos nombres terminan en gracht. Significa canal.) 

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