Alfredo Joignant |  “El Intendente que investigó en París”

Alfredo Joignant
“El Intendente que investigó en París”

Publicado el 18 noviembre 1991

Tiene 55 años y ya hace 40 que entró al Partido Socialista, 20 que fue nombrado intendente de Santiago por Salvador Allende y diez que inició sus últimos estudios de posgrado en Francia sobre temas de educación. Detenido después del golpe militar de 1973, estuvo cuatro años en un peregrinaje interminable: Isla Dawson, regimiento Tacna, Academia de Guerra Aérea, regimiento Tacna (otra vez), campo de detenidos de Ritoque, Tres Álamos, Puchuncaví, Tres Álamos (otra vez), “hasta que me doctoraron en electricidad”, dice entre risas, al recordar que cuando Allende lo nombró director general de Investigaciones, el diario Clarín dijo que no servía por no saber nada de electricidad. Y la verdad es que no sabía, aunque su padre fue técnico electricista e iluminador teatral. (“Hasta hoy corto la luz cada vez que tengo que cambiar una ampolleta”.).

Pero quizá sabía más cosas de lo conveniente por haber sido director de Investigaciones. Lo cierto es que después de esos cuatro años, detenido y sin condena, salió de Chile. Desde entonces vivió en Francia “con la beca general Pinochet”. Regresó culturalmente muy afrancesado después del fracaso del Sí, dos meses antes del triunfo de Aylwin. Hoy es asesor del Ministerio de Educación en asuntos relativos a educación técnico-profesional. Aprovecha su especialidad y su experiencia ganada en París como director de una cadena privada de institutos de formación profesional de adultos, vinculada al partido del presidente Mitterrand.

Alfredo Joignant Muñoz es nieto de un francés que emigró clandestinamente a Chile en 1875 luego de fugarse de Nueva Caledonia. Estaba confinado allí por su participación en el intento revolucionario obrerista de la Comuna de París, en 1871. Alfredo se llamaba también ese abuelo, que en San Felipe hizo fortuna con una empresa de calesas y victorias, y dejó una galaxia de joignancitos, de a lo menos 17, repartidos en una multitud de actividades.

El actual asesor del ministro Lagos es pedagogo en Historia y Geografía, y su mujer, Adriana Rondón, colega en el magisterio (“sin dos sueldos, los profesores no podíamos casarnos”). Cuando era jefe de gabinete de José Tohá en La Moneda, el Presidente Allende lo nombró Intendente de Santiago, pero como él se negó a prestar la fuerza pública para realizar desalojos ordenados por la Justicia, el Parlamento lo destituyó.

Pocos días antes del golpe, se compró -recuerda- los 48 tomos de las Obras Completas de Lenin. No alcanzó a pagar ni la primera letra. Hoy esa colección –milagrosamente flamante – ocupa su biblioteca, sólo útil, claro, para un profesor de historia. También son historietas de la historia esos días juveniles cuando con sus camaradas del Partido Socialista Popular gritaba: “¡Quién es nuestro lucero?… ¡Raúl Ampuero!”.

De sus contemporáneos, ¿a quién admira más?

Allende y Gorbachov.

¿Qué sociedad actual le satisface más por la forma como ha resuelto la mayor parte de sus problemas sociales, políticos y económicos?

Sin ser categórico, pienso que Suecia.

Para Chile, ¿qué rescataría  de los llamados socialismos reales?

Lo que eventualmente hubiesen tenido de socialismo.

¿Comportamiento de los políticos que le resulta incomprensible?

Los exageradamente renovados, que creen tener la papa, y los arcaicos que creen tener la pomada.

Benjamín Subercaseaux no encontró mejor solución para insuflar alegría a los chilenos que… la transfusión total de sangre. ¿Qué haría usted?

Le pediría que tuvieran un poco de paciencia, porque sigo convencido de que “la alegría llegó”.

¿En qué parte de su programa la Concertación parece un poquito desmemoriada?

En la participación de la gente.

¿Qué es lo peor que le ha pasado?

Los tres grandes castigos que me aplicaron: prisión, tortura y exilio.

¿Cuándo ha sentido miedo?

Los meses que pasé encapuchado y encadenado.

Si se olvida de los duelos, ¿recuerda por qué ha llorado en la edad adulta?

El día que me expulsaron de Chile.

Si mañana se le presenta un ser aparentemente extraordinario y le dice: «Yo soy el hijo de Dios», ¿qué cree que haría usted?

¡Ah, puchas!… Mucho gusto.

¿Su rasgo de personalidad más fuerte?

Amistoso y conversador.

¿Sus manías?

El orden y visitar librerías.

¿En qué le parecen enteramente distintos hombre y mujer?

En lo obvio, ya que en el resto son la perfecta armonía de los contrarios.

¿Para qué juegos se deja tiempo?

Para una mesita de pool y un cuarto de dominó.

¿Qué siente cuando descubre que para ciertas cosas es ya más tarde de lo que pensaba?

La experiencia me ha enseñado que nunca es demasiado tarde.

¿Qué lo pone alegre?

Cuando la U gana un partido y cuando en alguna parte del mundo la izquierda tiene éxito.

¿Qué animal le gustaría ser si perdiera su calidad humana?

Un animal en vías de extinción que no se resigna a desaparecer y lucha por sobrevivir.

De todas las cosas que ha hecho o conseguido (sin contar su encantadora familia), ¿qué le ha producido mayor satisfacción?

Haber participado en el gobierno del Presidente Allende y volver a Chile a colaborar en el Ministerio de Educación.

¿Noticia que disfrutaría leyendo mañana?

Triunfó la Concertación: un socialista Presidente de Chile.

¿Actitud femenina que le saca de quicio?

Ninguna. Todo me gusta en ellas, incluso el feminismo.

¿Qué cosas ha inventado el chileno, según su experiencia internacional?

El huevoneo en sus infinitas acepciones.

Si cierra los ojos y se pone a soñar, ¿qué se imagina haciendo?

En París paseando por la ribera del Sena. Abrazado con mi esposa y de la mano con mis nietos. Pero, por supuesto, esta vez por unos pocos días.

¿De qué manera le influye el paso de los años?

Como el vino, mientras más viejo, mejor.

¿Qué le pasa cuando se mira al espejo inmediatamente después de saltar de la cama?

Se me viene al suelo la teoría del vino.

¿El peor defecto que aceptaría confesar aquí?

No estar nunca satisfecho conmigo mismo, y pensar que lo pude hacer mejor.

¿Y qué virtud?

La honestidad, que algunos pretendieron poner en duda.

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