Abu Dhabi | La ciudad OH!

Abu Dhabi
La ciudad OH!

Grandes arquitectos han encontrado en la afortunada capital de los Emiratos Árabes Unidos un lugar donde dar rienda suelta a la imaginación, a “la loca de la casa”, según decía la santa de Ávila. Es una locura digna de ver y celebrar. Este 2017, por fin, se abre el Louvre de Abu Dhabi. Y ya se puede disfrutar la fabulosa gran mezquita blanca, con  la que el jeque Zayed del emirato de Abu Dhabi quiso emular al Taj Mahal, y también volar en su línea aérea, la más premiada de las superclase del mundo. Pero el país no es superclase en Desarrollo Humano, sino igual al de Chile.    

Texto y fotos de Luis Alberto Ganderats

Qué horror. Desde el mirador de la torre más alta del mundo todo se me achicó en un minuto. Los edificios colosales, espléndidos, que un rato antes había visto desde el suelo, ahora parecían una suerte de piezas de Metrópoli, o colinas trogloditas de Capadocia. Descubrí, además, que esa torre del vértigo, Burj Jalifa, en verdad no ofrecía una mejor vista aérea que una rutinaria aproximación en avión. ¿Y qué vine a hacer aquí?, me pregunté en silencio (para no gritar). Mal que mal había pagado casi 100 dólares por una carísima entrada de última hora, para subir en ascensor 148 pisos, en un puñado de segundos.

Sin embargo, antes de bajar desde ese mirador, usé lentes de acercamiento, para hacer el intento de divisar, de imaginar la presencia del lugar donde ahora estoy y que me tiene entusiasmado. Es Abu Dhabi, el emirato rico entre los ricos, a 150 km de la torre Burj Jalifa. Disfruto cada minuto, ya que he tomado la precaución de no tropezar dos veces en la misma piedra: aquí no he subido ni subiré los 381 metros de la torre más alta, la Mohamed Bin Rashid, parte del World Trade Center.

Justo al entrar a territorio del emirato de Abu Dhabi hice lo más inolvidable que se puede hacer aquí: visité con pausa la mezquita más extraterrestre que pudiera haber imaginado jamás. Recortada contra el desierto menos explorado del planeta, el Rub al-Jali, su imagen parecía un holograma perfecto: blanca como nieve, repleta de cúpulas, arcos y minaretes, mil columnas, todas pálidas, lechosas. Y algunas huellas de oro aquí y allá. Lleva el nombre y la riqueza de Sheik Zayed, el fundador del Emirato de Abu Dhabi, que encabezó también los esfuerzos para crear y presidir los Emiratos Arabes Unidos. Este jeque dejó el mundo de los vivos  hace 12 años, pero su cuerpo apuesta a la inmortalidad enterrado en el exterior de la enorme Sala de Oración de la Gran Mezquita Zayed. A sy lado, un conjunto de fieles recita versos del Corán 24 horas al día los 365 días del año.

En el interior de la mezquita camino por la alfombra más grande el mundo, fotografiando lámparas que parecen imaginadas para un afiebrado maharajá de Kapurtala. Pero esos son detalles modestos. Lo que realmente quería el jeque era superar a la máxima expresión del arte islámico, el mausoleo de Taj Mahal. Nadie lo ha confesado, pero resulta evidente. Su mezquita casi lo duplica en superficie construida, lo supera en altura de las cúpulas y tiene sus mismos cuatro minaretes, pero de doble tamaño. Nunca antes en el mundo un arquitecto había utilizado tanto mármol en una construcción: unos 120 mil metros cuadrados, que se importaron de Italia y de Makrana, Rajastán, de donde salieron los mármoles del Taj Mahal.

¿Lo ha superado en belleza? ¿Lo ha igualado, al menos?

Ni una cosa, ni la otra.

Pero después de ocupar mucho tiempo en recorrer ambos monumentos, dejando que la emoción fluyera libremente, no me atrevo a negar que la Gran Mezquita Zayed me ha conmovido a ratos tanto como el Taj Mahal. No tiene su armonía casi sobrenatural, pero la vastedad de sus espacios, la variedad de sus cúpulas y arcos, y sobre todo su blanco puro, casi fosforescente, y el mármol que cubre todo, hasta sus pisos, transforman la visita en una experiencia difícil de repetir en otro lugar de la Tierra. Parece un edificio virtual, no real. Pasemos por alto los reparos de muchos que tal vez no piensen lo suficiente que la mezquita Zayed responde a otras culturas, a otra historia, a otro concepto de lo esencial y lo superfluo. Vemos una lámpara de diez metros de alto, nueve toneladas de peso, labrada en plata y cobre, recubierta de oro por Swarovski. Lo sobrenatural –eso que excede los términos de la naturaleza– adquiere aquí una forma nueva.

Al abandonar entre algodones la Mezquita Zayed todo lo demás resulta de alguna manera vulgar. Conocido. Cuesta un rato volver al mundo cotidiano, aunque todo Abu Dhabi nos tironea a cada rato para alejarnos de lo real. Un ejército de arquitectos reclutados por el planeta están construyendo aquí un nuevo mundo. Y esa lluvia de dólares permite extender sus inversiones al infinito. Por estos días –¡cómo no decirlo!– hemos sabido que la concesión de seis carreteras y autopistas urbanas de Chile –Autopista del Sol, Los Libertadores, Autopista Central y otras tres– han pasado en octubre último, parcialmente, a manos del más poderoso fondo soberano del mundo, el Abu Dhabi Investment Authority, ADIA, aunque este sólo accede a una posición minoritaria. Los españoles de Abertis, dueños del 100 por ciento hasta ese momento, no han querido venderle más de una quinta parte y siguen a cargo de administrar las concesiones. Pero éste puede ser sólo el comienzo. Abertis tiene a su haber 771 km en Chile y los abudhabíes necesitan invertir en buenos negocios.

El Louvre por fin se asoma 

Como la idea es invertir en negocios de alta rentabilidad, se explica que esté avanzando tan lentamente un millonario proyecto cultural que le ha dado mucha presencia mediática universal al emirato, pero que no asegura ganancias a corto plazo. Hemos llegado a Saadiyat, donde por fin podemos ver virtualmente terminado el Museo del Louvre de Abu Dhabi, obra de  Jean Nouvel. Y en septiembre se nombró a su director, Manuel Rabate, un francés de 40 años, del equipo del Louvre parisino, quien nos dice que lo abrirán al público “tan pronto como seamos capaces de hacerlo”, en 2017.

Y desde unos grandes subterráneos empiezan a aparecer las primeras construcciones de superficie del proyecto más ambicioso de todos, en homenaje al mismo jeque de la mezquita blanca que visitamos al llegar: el Museo Nacional Zayed, cuyo proyecto arquitectónico es de Norman Foster. En sus salas se propone rescatar (teniendo como base la vida del jeque, naturalmente), toda la historia regional, básicamente beduina, pescadora y camellera, que no abunda en construcciones y documentos antiguos del Golfo Pérsico.

Saadiyat es una isla, como lo es la capital del emirato, que se llama Abu Dhabi, como el país. En verdad, casi todo lo que hoy nos asombra del emirato está en islas, no está en el continente, sino en trozos de tierra desértica que parecen flotar en el Golfo Pérsico. Como en Venecia, están unidas por puentes.

Saadiyat, a sólo 500 metros de la costa de la capital, tiene playas blancas y tibias semejantes a las de Maldivas, pero quiere convertirse en el símbolo más noble de esta nueva riqueza: un distrito del arte mundial, de la cultura y la arquitectura. Fuera de los mencionados Louvre y el Museo Nacional Zayed, estarán aquí el Museo Guggenheim, de Frank Gehry; el Museo Marítimo, del arquitecto autodidacta japonés Tadeo Ando, y el Centro de Artes Escénicas, de la irakí Zaha Hadid, arquitecta inimitable que dejó la Tierra no hace mucho. Saadiyat tal vez se inspiró en la Isla de los Museos de Berlín (que alguien llamó “la isla de los saqueadores de obras de arte”).

Los cinco proyectos se han retrasado notoriamente. Los últimos tres se encuentran virtualmente inactivos, tal vez por la crisis mundial de los hidrocarburos, pero como estamos bajo un sistema autocrático, nadie se molesta en explicar nada. La presión de Francia o de los contratos tal vez sirvió al Louvre. Ya luce su magnífica cúpula, que parece levitar sobre el Golfo Pérsico, y su solemne inauguración ya es cosa de meses. El Museo Nacional Zayed avanza, aunque todavía no deja ver las monumentales alas de mariposa (¿o de halcón?), que rematarán la estructura en medio de los jardines de oasis que consideró Foster. En Saadiyat veremos mañana grandes museos, obras de teatro con producciones millonarias. Quiere ser “un lienzo vivo para la cultura global”. 

Pero con Saadiyat, o sin ella, sobran las razones para recorrer hoy mismo el Abu Dhabi de los edificios monumentales y deslumbrantes que parecen desafiar las leyes de la física, de los enormes malls, de los hoteles para príncipes del petróleo, con suites de hasta 2.500 metros cuadrados. En este emirato la riqueza del gas y el petróleo se prolongará por dos siglos. No ocurrirá lo mismo en el resto de los Emiratos Árabes Unidos, y por eso el vecino Dubai –con 100.000 habitaciones de hotel completadas en agosto de este año–asegura su futuro con construcciones aparatosas sobre el lecho marino –que a veces pierden pie–, y que por ahora triunfa con la promesa a los turistas de pasar buenos días de compras y mejores noches de diversión.

El ricachón Abu Dhabi, en cambio, no tiene prisa. Pone un pie después de afirmar el otro. Quiere ser la ciudad ¡¡oh!! Nunca la ciudad ¡ay!  Es cuestión de tiempo para que se transforme en uno de los primeros destinos de compras, de vacaciones y entretención del mundo. No fue casual que cuando Manuel Pellegrini asumió como entrenador del británico Manchester City, y luego Claudio Bravo –hasta hoy—como su guardavallas, les hicieron posar sonrientes con la camiseta del club, decorada con el logo de Etihad Airways. Tanto el club como esa línea aérea son propiedad de la familia que reina y gobierna en estos arenales desde el siglo XVIII. ¿Y por qué tanta exhibición de Etihad? Esta joven aerolínea sobresale entre los grandes éxitos de Abu Dhabi y de los Emiratos. Por años ha sido elegida por la World Travel Award como la aerolínea líder mundial. Abu Dhabi tiene la mirada fija en el futuro. En el siglo XXI quiere gestar su propio imperio.

En todas estas cosas estamos pensando cuando vemos  que un macizo carguero que llegó repleto de arena y piedras para hacer una isla en el golfo, se ha quedado vacío. Dispara sus bocinas al aire, y se aleja junto con los helicópteros que desde el aire dirigían sus maniobras. Trabajadores asiáticos empiezan a moverse hacia el lugar de la faena. La tercera parte son indios, que viven a cuatro horas de vuelo. 

–¿Qué están haciendo?— preguntamos.

–Una isla.

–¿Para quién?

Varios se encogen de hombros.

–Eso no lo debemos saber. Sólo hacemos una isla.

Ignoramos si en la isla se van a instalar torres de explotación petrolera, o algún jeque construirá un un parque temático de fútbol apadrinado por Messi o Ronaldo. ¿Y por qué no una réplica del Palacio de Windsor, si alguno en Abu Dhabi tal vez ya sueña con eso? Mal que mal, todavía era colonia de los ingleses a mediados del siglo XX, y alcanzó la independencia casi junto con saber –Alá es Grande– que vivía sobre un mar de gas y petróleo.

Big Boy Toys de la arquitectura

Están empeñados en ser el Orlando del Oriente. Así lo proclaman los negocios internacionales, los turistas que llegan a conocer sus playas, sus hoteles y parques de diversión, sus enormes centros comerciales, como el Yas Mall, que quiere atraer 25 millones de compradores al año, levantado en una isla artificial junto al continente, Yas Isle, donde está el Circuito Yas Marina, donde corren los líderes de la Fórmula 1, y el parque Ferrari World, con las montañas rusas más rápidas del mundo, y con el mayor espacio techado de la Tierra. Su Yas Waterworld tiene un tobogán-tornado de dos cuadras de largo y una de sus montañas rusas, de 550 metros, tienta con curvas de vértigo.

Una empresa del mismo grupo –y podemos suponer de la misma familia real– ofrece carreras en 4×4 sobre las dunas gigantescas del desierto de Rub al-Jali, en vehículos acolchados por dentro, pues los volcamientos abundan tanto como las emociones. Después hay bailes tradicionales y safari de halcones, pues aquí la cetrería otorga prestigio y placer desde los jeques fundadores para abajo.

El barco panzón y los helicópteros que construyen islas se han perdido en la lejanía con rumbo desconocido. Estamos ahora en el Emirates Palace, el hotel de construcción más cara de que se tenga registro en el mundo: 3 mil millones de dólares. La suite real vale 15 mil dólares diarios (con desayuno). Lujoso, rangoso, aunque abierto a las visitas si visten formalmente. Justo al frente del Palace sobresale un conjunto muy futurista de cinco oscuras torres de cristal, asociadas entre ellas como pétalos de una sola flor. Es la sede de Etihad Airways, que en el aeropuerto tiene la suite aérea más lujosa del planeta, The Residence, y es considerada la mejor del mundo en Primera Clase, según los World Airline Awards, que se conceden cada año. Su lounge dispone de barberos, limpiadores de zapatos, peluqueros y gimnasio gratuitos, y un spa con tres salas de tratamientos.

Las torres que estamos observando desde el Emirate Palace incluyen un hotel de la compañía, que ya ha sido premiado como el mejor del Medio Oriente. Cada una de las torres tiene el perfil de un ala de avión resplandeciente clavada en la arena. Casi todas se comparan en altura con nuestra Torre Costanera, y una la supera. Casi al lado se acaba de inaugurar otra, que supera a todas las anteriores, donde se administra el petróleo de Abu Dhabi, la ADNOC, con 343 metros.

Este nuevo Abu Dhabi lo están creando grandes arquitectos ganadores del Pritzker, que aquí parecen haber adquirido el horror a la línea recta y a las formas tradicionales. Muchos edificios parecen estupendos híbridos de escultura y arquitectura. Detrás de algunos de ellos –cómo negarlo– se adivina un arquitecto algo exhibicionista u oportunista, pero es imposible no celebrar sus esfuerzos por diferenciarse. La principal  empresa promotora funciona en  Aldar HQ Tower, un rascacielos esférico que mirado de frente parece un platillo volador.  Tiene 110 metros de altura, y es el primer edificio de oficinas del mundo hecho de esta manera, un verdadero alarde en materia de cálculo y tecnología. Forma parte de Raha Beach, un gran sector en desarrollo que mira al Océano Índico, donde domina el edificio más alto del emirato, el World Trade Center, y dos torres casi gemelas, desarrolladas para el mismo WTC.

Cerca del rascacielos esférico, siempre a orillas del Índico, visitamos el edificio más torcido del mundo. Con sus 18 grados de inclinación supera a la Torre de Pisa. Se trata de la torre Capital Gate, donde funciona un Hyatt y que en su modernísima sala anexa, la National Exhibition Center, está presentando ahora, a semanas de Navidad, la feria de Big Boys Toys, juegos para niños grandes: helicópteros, bólidos terrestres, motos aerodinámicas. Sus   precios no molestan en los Emiratos, donde hay 182.000 personas de alto consumo, y tampoco a los turistas ricos, que llegan a diario. Siempre hay gente observando este  edificio de los Big Boy Toys de la arquitectura. Parece que se estuviera derritiendo. Los conductores miran con expresión boba, como si esperaran el momento de su caída. Pero la torre se niega a ofrecer un mínimo crujido (hasta hoy).

La verdad es que casi todo Abu Dhabi es capaz de desafiar las certezas de cualquiera. Como es dueño del 95 por ciento del petróleo y del 92 por ciento del gas natural de los Emiratos, han llegado a trabajar aquí más de un millón de extranjeros, casi todos asiáticos. Sin embargo, no es fácil habituarse a vivir en una ciudad en obras, que crece una cuarta por noche. Se desvanecen día a día los lugares con que nos ubicamos en el espacio. Nacen parques y plazas aquí y allá, pero todavía no es una ciudad que invite a caminar. Y no por culpa del calor, que resulta agobiante en verano, pues tampoco se camina en invierno, cuando las temperaturas son primaverales.

Sexo, cuestión de geografías

Abundan las playas de arena blanca, alguna con mujeres en bikini (no en burkini). Todo esto hace que finalmente muchos extranjeros –que aquí son mayoría absoluta– crean que es esta es una buena ciudad para vivir. Los trabajadores ganan más que en muchos países de bajo nivel de desarrollo y hay más trabajo que aquellos donde golpea la crisis económica. 

Pero ni el más optimista diría que aquí se ha emparejado la cancha. El árabe de los Emiratos recibe por su trabajo cuatro o cinco veces más que un extranjero. Y si está cesante puede, naturalmente,  permanecer en su país. Al extranjero le toleran un máximo de dos meses de cesantía. Después se le cancela la residencia. Por eso, y a pesar de la abundancia que produce el petróleo, Emiratos Árabes Unidos no se encuentra entre los líderes del mundo en la escala de Índice de Desarrollo Humano. Se halla en la misma ubicación que Chile, entre los 45 países que ocupan un Nivel Alto del ranking. A los Emiratos les afectan las acusaciones de trabajo no regulado de miles de jornaleros. Los  únicos extranjeros que ganan mucho son los que ofrecen experiencia en petróleo, en aviación, corretaje de propiedades, banca y en lo legal. Y en fútbol.      

Comer no es problema, salvo por los precios (estamos en una ciudad cara). Cuando los abudabíes salen a restaurantes buscan comida occidental, especialmente italiana. Llenan los locales de sushis y sashimis, de comida cantonesa y tailandesa y de otras de origen oriental, especialmente restaurantes iraníes y libaneses. Las carnes son otro cantar: el Corán prohíbe comer cerdo. Y las otras carnes necesitan el sello halal. Es decir, que los animales hayan sido sacrificados con las exigentes prescripciones coránicas. Se parece mucho a la comida kosher, la comida aceptable, de los judíos ortodoxos.

En ciertos hoteles y restaurantes con licencia especial se vende alcohol, pero sólo a extranjeros. Se prohíbe trasportarlo en el auto o mantenerlo en la casa. Para hacerlo se necesita un permiso que exige trámite engorroso y pagado. El alcohol se compra (caro) en dos grandes empresas. Vimos una a nivel de la calle, con puertas cerradas, opacas, negras, como si fuera un café con piernas y minutos de confianza.

Además, nadie puede manejar aquí después de consumir siquiera un sorbo de alcohol. Y está prohibido besarse y abrazarse en público. También se necesita licencia especial para poder buscar en Google la palabra “sexo”, aunque el monarca tiene 18 hermanos de distintas madres, y la poligamia persista entre los emiratíes y sus vecinos sauditas. La poligamia, claro, no es lo mismo –me aclaran– que tener relaciones múltiples sin vínculo establecido, ni optar por contactos sexuales casuales. Menos aún intercambiar pareja ni llevar una vida sexual que el Islam considere promiscua.

El sexo, como se sabe, es cuestión de geografías.

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